Columna Semanal
27 de agosto del 2019

La fuerza de la naturaleza puede ser implacable. Un huracán genera viento con potencia suficiente para desaparecer un pueblo. Un tsunami trae olas de agua salada tan altas que arrasan playas en segundos. Volcanes en toda la tierra retumban, recordando la energía contenida en el centro del planeta; ejemplos de estos logramos encontrar muchos. Sin embargo, hay una fuerza imparable y mística gestándose en las nubes de tormenta. Al chocar las cargas de electrones de las nubes se genera una energía tan destructiva que al contacto con el agua la evapora, llegando a ser seis veces más caliente que la superficie del Sol; el rayo con una longitud de 1500 metros aproximadamente ilumina el cielo oscurecido en una fracción de segundo. Los antiguos ya sabían de la fuerza de las tormentas, asustados se la atribuían a los dioses; para los griegos era Zeus que lanzaba rayos forjados por Hefesto a los titanes. En la tierra vikinga era Thor quien peleaba con la serpiente del mundo Jörmundgander, evitando el apocalipsis. Cruzando el Atlántico se encontraba Tláloc, rompiendo vasijas en el cielo controlaba la lluvia, y era considerado dios absoluto de la tormenta.

El tiempo no merma la curiosidad del hombre por la tempestad climática, desde el arte hasta la ciencia se ven influenciadas por las perturbaciones atmosféricas. Mary Shelley (1797-1851) en su novela Frankenstein o el moderno Prometeo cuenta una anécdota: un rayo impacta un árbol ante sus ojos; la imaginación de Mary Shelley a raíz de esta visión forma una creatura que atenta contra Dios y su progenitor, el Dr. Víctor Frankenstein. El campo de la ciencia no queda atrás, Nikola Tesla (1856-1943), legendario inventor decidido a controlar la electricidad (hija de la tormenta) con mayor eficacia, se recluye en un pueblo montañoso en Colorado, en Estados Unidos. Tesla quedó maravillado por las innovaciones en comunicación y energía en sus experimentos, aunque sus sueños de energía inalámbrica nunca se concretaron.

El rayo tiene una pregunta curiosa para la imaginación, teniendo la fuerza suficiente para romper rocas y árboles, ¿por qué hay gente que ha sobrevivido al impacto de un rayo? Un enchufe normal de casa tiene 220 voltios, una pila sencilla 1.20 voltios, un rayo 30 millones de voltios. Un cuerpo humano impactado por un rayo genera quemaduras tanto internas como externas que suelen ser mortales, de sobrevivir dejan un tatuaje en el cuerpo en forma de helecho muy característico. A pesar de esto la probabilidad de que a una persona le caiga un rayo es de tres millones a una, y sólo el diez por ciento muere por las heridas recibidas. Un caso curioso de impacto de rayo es mencionado en el libro Musicofilia (Anagrama, 2009), del neurólogo Oliver Sacks (1993-2015): mientras estaba dentro de una cabina telefónica, en medio de una tormenta, un hombre fue golpeado por una descarga eléctrica. Se observó por encima de su cuerpo. Sintió morir y renacer: “Quiso regresar, quiso decirle a la mujer que dejara de hacerle la resucitación, que lo dejara en paz; pero era demasiado tarde: ya volvía a estar irremediablemente en el mundo de los vivos. Al cabo de un par de minutos, cuando fue capaz de hablar, dijo: –Está bien. Soy médico. –La mujer (que resultó ser enfermera) contestó: –Hace rato no era nada”. Este hombre, tiempo después a raíz de este accidente, obtendría un oído musical –por el piano– nunca experimentado en su vida. Otra historia extraña es la de Roy Cleveland Sullivan, un guarda bosque del Parque nacional de Shenandoah en Virginia, Estados Unidos. A Roy, cuentan las crónicas, en su vida le cayeron 7 rayos, al final se mató por considerarse un hombre con mala suerte. De haber estudiado algo de física aplicada este guardabosque se habría dado cuenta que era un hombre improbable (tal vez imposible). Si bien, la inteligencia es proporcional con la suerte de cada quien, ahora cuando guardemos la ropa en una tarde de tormenta deberíamos tener un poco de fortuna, no fueran a caer algunos rayos.

Jorge Alberto Salvador Cabrera

Oaxaca, 1995. Estudiante de la licenciatura en Químico Farmacéutico Biólogo de la UABJO.

Fotografía de Jorge Alberto Salvador Cabrera

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