Japón
29 de enero del 2017

Es mi mirada de adiós al mundo / de pie junto a la puerta y bajo la luna llena. Ozamu Dazai

Natsume Soseki —seudónimo de Natsume Kinnosuke (Tokio, 1867-1916)— mostró en su narrativa un desapego creciente por la influencia directa de la literatura europea. Estudió Literatura Inglesa en la Universidad Imperial de Tokio. A partir de 1900, vivió en Inglaterra por tres años becado por el gobierno japonés. Su actitud hacia Occidente se movió entre la desconfianza y el rechazo. Soseki vivió en una época en la que se alababa cierto individualismo pero como una forma de sujección a la autoridad, en el reinado del emperador Meiji (1868-1912), reformador de las políticas sociales con las que Japón se abrió a Occidente. Renunció a su cátedra de Literatura Inglesa para trabajar en 1907 en el periódico Asahi Shimbun, gesto que sus contemporáneos intelectuales consideraron como antisocial.

En la obra de Soseki se asoma la esencia de la cultura japonesa, aquella que se practicaba en la corte en el periodo Heian (794-1185) o en los periodos de cierta prosperidad en e siglo XVI del shogunato gobernado por la familia Tokugawa. En esa época se practicaba el “arte del mundo flotante” (Ukiyo-e), aunque originalmente se le conoció con el nombre de “escuela del mundo triste”; los samuráis gobernantes vieron en la caída de la flor de cerezo (que se consideraba un evento triste) una señal de cambio que anunciaba la transición de una época a otra. Es frecuente en las obras de Soseki encontrar la alusión a la tradición japonesa del zuihitsu, una serie de ensayos en los que cada autor describe por episodios sus reflexiones. Este apego que sentía Soseki por la tradición literaria japonesa y china iba a ser fundamental para comprender la literatura oriental y sus diferencias con la novela psicológica europea de finales del siglo XIX. En 1906 publicó una obra titulada Bungakuron o Teoría literaria, basada en la “resolución de pensar primeramente por sí mismo y no apoyarse en las opiniones literarias de especialistas extranjeros”, en la que expresó: “Fue de los clásicos chinos de donde aprendí, aunque de forma algo vaga y oscura, lo que era la literatura. Pero lo que lamento es que pese a mis estudios, nunca llegué a dominarlos. Cuando me gradué, fui invadido del temor de que en alguna manera yo había sido engañado por la literatura inglesa”.

En este dilema entre lo nuevo y lo antiguo es de donde emerge la obra de Soseki. En Kokoro, una de las novelas publicadas en plena madurez literaria en 1914, se van narrando pocos hechos externos y las acciones toman al corazón como eje, de ahí la alusión a la palabra kokoro, que se traduce al español como “corazón”, “mente”, “espíritu” “alma”, incluso “intención”, “concepción”, “voluntad” y “sentimientos”. Son dos los personajes principales de esta novela; ambos representan tradiciones distintas, acaso antagónicas: el estudiante y Sensei. Conforme avanza el relato —para los lectores que se acerquen a la obra— notarán que algo de la novela psicológica de Occidente ha escogido Soseki para establecer esta especie de conversacion prolongada. Pero en el desenlace de la novela se muestran aspectos propios de la tradición literaria japonesa: la alusión a los rakugos, “narradores tradicionales de los teatros yose”, los rasgos de historicidad en la obra y los suicidios por honor. Sensei se muestra indiferente para contar a su discípulo qué es lo que lo atormenta en la vida. De hecho, ni siquiera da muestra de ello, parece una persona común, un intelectual con suficientes recursos para no depender de nadie y vivir de espaldas a la sociedad. La esencia de la narrativa de Soseki radica en las últimas páginas, donde establece una especie de dinamismo, una prosa cuya mirada se enfoca hacia la tradición literaria japonesa en donde la ironía sirve para mostrar mensajes profundos. Entre un estilo de juego sarcástico en la narrativa y una confesión pausada de Sensei de los motivos que lo obligan a quitarse la vida, se construye un desenlace típicamente japonés: el suicidio por honor. Para explicarle a su discípulo su estado de ánimo, Sensei recurre a esta metáfora: “Soy alguien que aspira a tirarse al abismo, pero al final no se decide”.

La narrativa de Soseki en Kokoro logra conjuntar distintos grados de ironía —propios de la tradición japonesa de los rakugos, y de la literatura del Ukiyo-e— para señalar la profundidad de las hechos a los que se quiere llegar. Sensei, quien está confesando sus secretos a partir de una larga carta dirigida a su discípulo, menciona la primera vez que escuchó la palabra junshi (inmolarse, vaciarse el estómago para seguir al señor en la muerte), después de oír los cañonazos en el funeral del emperador Meiji en el verano de 1912. Relata: “Mi mujer se rió y se negó a tomar mi idea en serio. Pero de improviso y todavía medio en broma, añadió: ‘Bien, si piensas así, ¿por qué no seguir a tu señor haciendo junshi?’” Más adelante se narra: “Sosteniendo en la mano la edición extra del periódico, le dije a mi mujer sin pensar: ‘¡Junshi, junshi!’”

Lo que muestra Soseki en este pasaje es el tono irónico en el que se dirige a su mujer y la profundidad que conlleva el acto de suicidarse, aun así le advierte en la carta a su discípulo: “Me moriré evitando que mi mujer vea el color de mi sangre, me iré de este mundo silenciosamente cuando ella no esté en casa”. Como sucede con otras novelas de Soseki publicadas en el periodo de 1905 a 1908 —Yo, el gato,Botchany La almohada de hierba — los grados de ironía y comicidad se mantienen. Yo, el gato hace recordar el estilo y el humor de los narradores tradicionales de Japón del siglo XVIII. Y en Botchan y La almohada de hierba la sátira social es la línea argumental de una sociedad japonesa en pleno cambio, donde el pragmatismo y la imitación de Occidente son los valores a los que se aspira. Si en Kokoro la salida que vislumbra Sensei es llevar a cabo el junshi para saldar cuentas con su conciencia que lo tortura por el suicidio de su amigo, en Botchan, Soseki muestra otra salida: el protagonista de la novela, un profesor de ciencias, espera que los profesores con los que trabaja, quienes se vanaglorian de una intachable moral, salgan de la casa de geishas donde han pasado la noche para confrotarlos y arrojarles huevos, y de esa forma saciar su ira y alcanzar cierta purificación.

La obra de Soseki va en dirección a un apagamiento del yo, siguiendo la tradición budista zen. José Pazó Espinoza, traductor de la novela Botchan al español, señala: “En la tradición filosófica, religiosa y estética japonesa, encontramos que esta tendencia del abandono del yo aparece por doquier. El budismo zen, mediante los koan, la meditación sentada, la repetición de fórmulas, el humor, y en último extremo la violencia física aspira a vaciar la mente, a abandonar el yo”.

En ocasiones, como en Yo, el gato, Soseki opta por mostrar este abandono del yo a partir de la ironía y la comicidad; pero en otros casos, como Sensei de Kokoro, este vaciamiento del yo sólo se alcanza con la muerte. En la tradición japonesa, cuando se mira la caída de las flores del cerezo o la espuma en el agua, hay que prorrumpir en exclamaciones sobre la brevedad de la vida.

Frases
Pergentino José Ruiz
  • Escritores invitados

Buena Vista Lochixa, Oaxaca, 1981. Es narrador. Su más reciente libro es Hormigas rojas (Almadía, 2012).

Fotografía de Pergentino José Ruiz

Artículos relacionados

Una hoja de té sobre un páramo yermo
Japón
El amor homosexual según Ihara Saikaku
blog comments powered by Disqus