Japón
29 de enero del 2017

I

De Mircea Eliade hasta Teitaro Suzuki, se ha intentado explicar que el gran tema encubierto del mito y la religión es la felicidad de los hombres. Fue Aristóteles quien afirmó que buscamos la felicidad por ella misma; en cambio, buscamos el honor, el placer y la inteligencia, porque creemos que mediante ellos llegaremos a poseerla. Más aristotélicos que Aristóteles, los que pertenecemos al mundo occidental (aunque sea admitidos por un incidente histórico y en el perpetuo camino del dilema ontológico) somos incapaces, en esta época, de decir otra cosa con la misma convicción con la que afirmamos que, a pesar de las sesudas ideas heredadas de los teóricos y la ventajosa técnica de los prácticos, no hemos sido felices. Sin embargo, creo que se debería restringir de vez en cuando el uso de los predicados universales de inflexión pesimista, así, sin incurrir en excesos, caeríamos en una intuición expresada desde la proximidad familiar y verdadera del hecho ineludible de ser uno mismo, la certeza personal de que no he sido feliz. En cuanto a la tradición literaria se refiere, es ocioso siquiera imaginar que se hubiese edificado en el uso permanente de la primera persona. Pienso que no sólo aprehenderíamos a lo más ésta o aquélla intuición sino que seríamos auténticos huérfanos errando en la historia, pues al no sentirnos incluidos en la intemporalidad de las ideas, el gran proyecto “humanidad” permanecería aún inconcebible. Un Nerval que comenzara su prosa con una afirmación tan ceñida como “Mi sueño es mi segunda vida”, no sería más que una trivialidad. Hay, afortunadamente, un tipo de autores que, a pesar de fijar a sus personajes o cavilaciones a la tragedia introspectiva, pueden llegar a ahuyentar el aislamiento y volverse infinitos, cruzando de cabo a rabo el espacio y el tiempo. Atentos a las inquietudes temporales de Eguchi en la novela La casa de las bellas durmientes, obra donde Kawabata devela la necesidad individual de un anciano por rememorar la juventud, concluiremos casi uniformemente que es un ejemplo satisfactorio del desenlace moderno de este problema que de época en época atormenta el alma de las culturas.

II

En la gran historia filosófica china, la felicidad está asociada a la dimensión religiosa de la vida. El shinto es la palabra para designar la totalidad de su enseñanza, en japonés se traduce por el término kami no michi, donde michi significa “práctica” o “camino” y kami, “lo supremo”. Ambas nociones han tenido una evolución particular; sin embargo, se pueden definir como el conjunto de relaciones de los hombres con lo divino. Ha de hacerse notar que la literatura del shinto se compone de mitos y genealogías donde se trazan épicas historias familiares y formas rituales y de oración a los dioses. En el Kojiki, por ejemplo, escrito en lengua turania a fines del año 712, se expone la historia de la humanidad desde la creación hasta el gobierno de la emperatriz Suiko (628 d. C.), y en el Idzumo Fudoki (733) está contenida la topografía e historia de la provincia de Idzumo, junto a la descripción hereditaria de las antiguas familias. Fue Cyril Connolly en su The Unquiet Grave, quien afirmó que solamente la sabiduría sintoísta tenía una afinidad natural con Occidente; según sus palabras, el sentido religioso de los japoneses es el más práctico del mundo oriental, pues centran sus doctrinas en “el arte de ser feliz”. Durante la época Yenghi (901-923), se escribió una colección de normas rituales llamada Yenghiciki, que contiene sesenta y cinco oraciones, de las cuales se desprende Oharai o “el servicio de purificación general” (en la versión de W. G. Aston), la oración más importante por su carácter ritual de entrega a los dioses o kami y por la cual se da pie a la ceremonia del shinto en donde, además de cantar liturgias solemnes y ofrecer bienes variados, un sacerdote asiste a la purificación de las almas con el fin de entregarlas plenas a los dioses que asegurarán la felicidad.

III

En el ir y venir de las multitudes cosmopolitas, la fatal constancia del predicado “no he sido feliz” aparece impresa en la conciencia del sujeto. Quizá su tenaz frecuencia se deba a una suerte de doble verdad que señala, por un lado, que no podemos aducir otra frase tan contundente para explicar la historia y, por otro lado, que tampoco existe una motivación tan profunda para el que practica un acto de creación. Creo que fue Octavio Paz quien sostuvo que tenemos por primera vez el extraño privilegio de experimentar que desde el primer texto que se haya escrito, sean cuales sean las estructuras, los puntos de vista o los personajes que involucre una novela, una epopeya o un drama, toda obra literaria ha sido siempre el producto de un intenso y liberador monólogo. ¿No querrá decir esto tal vez que es la literatura de todas las latitudes el íntimo bálsamo contra la infelicidad, la zozobra o la soledad? Si las obras de Confucio, Homero o Tanizaki nos atañen aún en este tiempo es porque enseñan que lo único singular y real de la vida es la relación del hombre y sus dioses, del mismo hombre y sus demonios. Nos aflige de esta manera la reacción de Raúl Zurita ante la idea de un Alighieri hundido en el desasosiego. “Ésta es la soledad: escribir algo tan colosal, tan enorme —ni más ni menos que escribir una travesía por lo que está desde siempre fuera del lenguaje, por la muerte— sólo para escucharle decir a su amor, a Beatriz, las cosas que ella jamás le dijo”. No podemos ignorar el hecho de que siendo hombres de hoy, recientemente atraídos hacia la conciencia global de la filosofía y la literatura que incluye a los autores del Japón, la admiración o la nostalgia por el pasado a veces domine nuestro espíritu, siendo a su vez infecunda para revivir la vieja llama literaria ya extinta. Dicho ímpetu está en el poeta que ve cerca de las provincias de Seishu y Mitilene el parentesco con Ise y Safo, y advierte que su vínculo es algo más poderoso que la sangre. Se encuentra en la conciencia del Premio Nobel, Oe o Montale, que reconoce a sus colegas del pasado, ilustres o anónimos, tolerados o perseguidos por realizar su oficio.

IV

La ética del kami no michi está construida en la relación de los dioses con el hombre libre de pecados. Tomobeno Yasutaka en el siglo xviii explicó que la ablución no era sólo la limpieza del cuerpo con el agua lustral sino la vía de la pureza, la elevación y la moral, pues si un hombre es realmente sincero y leal en su espíritu, tiene la seguridad de que está en comunión con lo divino. Nos conviene recordar que hay un aspecto especial de la ética que se desarrolló en el sistema moral del mononofu no michi o “el camino de los caballeros combatientes”, los samuráis. De los ideales budistas y del menosprecio de la vida característico del Tao chino, según la interpretación histórica de Roger Riviére, surge en la clase militar japonesa durante el siglo xii una moral mezclada de piedad filial absoluta, calma, bravura, dominio y desprecio por la muerte que tuvo su expresión más álgida en la práctica del harakiri o “rito de suicidio”. Perteneciente al código mononofu no michi, el harakiri se empleaba para castigar a un caballero que hubiese caído en falta, para conseguir el perdón de alguna culpa o para acompañar a un jefe difunto. Es sabido que el rito se hacía abriéndose el vientre de izquierda a derecha con un puñal sagrado, mientras que un amigo íntimo cortaba la cabeza con un sable. Bajo el sabio precepto de la enseñanza del budismo zen, combinación precisa de taoísmo, iluminación y confucianismo con el arte de la ceremonia del té, los jardines, la caligrafía, la poesía y la esgrima, a la figura del samurái le reconocemos su intensidad, pero al mismo tiempo su imperdonable falta de sensatez.

Un samurái pidió a un maestro que le explicara la diferencia entre el cielo y el infierno. Sin responderle, el maestro le lanzó numerosas injurias. Furioso, el samurái desenvainó su sable con la intención de decapitarlo.
“He ahí el infierno”, dijo el maestro, antes de que el samurái entrara en acción. El guerrero, pasmado por estas palabras, se calmó de inmediato y enfundó el sable en su vaina.

Comentando este último gesto, el maestro agregó:

“Y he ahí el cielo”.

V

Espectadores transitando hacia la sensible pérdida de la intimidad “intensa y liberadora” del monólogo, sentimos que hemos arribado al punto en el que la victoria productiva de la soledad se reduce sin retorno. Tememos que exista una certeza más visible en la inmediatez bulliciosa de las ciudades que cercan con infinidad de sombras la luz del individuo, que en el íntimo mundo del creador que permanece en vilo intentando comunicarse acertadamente con los otros como un ventrílocuo que mana a través de su obra; porque, ¿no es verdad que al escribir se vincula indisolublemente la existencia del autor a la de los demás?, ¿podemos negar que por el enigmático poder de la creación literaria, no pudiendo conocer a todos, es a todos precisamente a quien contiene e incumbe?, ¿no es cierto, como afirma Sabato de Flaubert, que de no ser por el sacrificio de Emma Bovary, aquella “neurótica de provincia”, él no se habría salvado de su inconfesable neurosis, mostrando que el drama de su novela se corresponde al de su propia existencia? Finalmente, el más pervertido y desgarrado territorio de lo humano, afín al de la soledad creativa y al de la certeza de no haber sido feliz, es el de la fe que, masificada por las viejas instituciones característicamente occidentales, mantienen a los hombres separados de la auténtica búsqueda que exige toda visión estética del mundo. Curiosidad o suprema revelación para Occidente, la mitología del kami no michi, diseñadora de la conciencia cultural japonesa, une los principios antagónicos del cosmos en una sola realidad, pues “el ser y no ser mutuamente se engendran como el sonido y su tono mutuamente se armonizan”. De aquí que los dioses (Ameno minakanushi no kami y Kammusubi no kami) se hubiesen producido a sí mismos en medio del espacio atemporal de su creación ex nihilo.

Frases
Canek Sandoval

(Oaxaca, 1988). Estudió filosofía. Es reseñista en periódicos digitales. En 2012 fue uno de los ganadores del premio de ensayo Caminos de la Libertad. Su blog es: www.girasom.blogspot.mx.

Fotografía de Canek Sandoval

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