Columna Semanal
23 de agosto del 2017

La restauración de la utopía,
Leonardo da Jandra,
Avispero y punto, 2015, V. I, II y III

“Me he educado como un guerrero del conocimiento, así que asumo las consecuencias de la belicosidad y no pido indulgencia. En estos diarios hay filias y fobias, homenajes y rechazos que hoy no comparto”, escribe el escritor y filósofo Leonardo da Jandra (Chiapas, 1951) en la introducción de sus diarios La restauración de la utopía (de 1999 a 2012), que abarcan trece años de su vida con su pareja, la pintora y ambientalista Raga. Los diarios los comienza a los cuarenta y ocho y los culmina a los sesenta años. Para un lector de Da Jandra estos diarios supondrán un deleitable confesionario y la puerta a la intimidad del autor: tormentos y adversidades, dolores y desilusiones, trabajo y convicción, pero, sobre todo, la fortaleza de quien no quiere rebajarse a la cruel vida del autómata o del estúpido que goza del infierno. “Es doloroso ver cómo los pocos escritores auténticos que todavía quedan, son empujados al abismo por los tecnócratas que detentan el poder y por los pícaros sin moral alguna que trafican con la cultura”, escribe el 17 de julio de 1999.

¿Quién es Da Jandra? La leyenda del hombre que se fue a la selva de Huatulco a buscar la utopía de pareja al lado del mar y a escribir libros está llena de mitos. Es un autor de un carácter temperamental y verbo acuciante que no cede ante la hecatombe de la vida desesperanzada y hundida en el tedio. Este escritor singular es un fiel seguidor de las enseñanzas de Séneca y Marco Aurelio. La filosofía de lo mínimo y la fortaleza ante las tempestades las aplica lo mismo en el sustento de una vida entregada a la lectura y la escritura como a la cacería y la pesca para la sobrevivencia. Para quienes hayan tenido la oportunidad de leer Entrecruzamientos, encontrarán en estos diarios que la ficción abreva de la vida del autor.

Es más fácil lograr hacer una obra maestra en literatura que tener una vida maestra. Sólo quien la ha llevado acabo puede reconocer esa diferencia. Borges dijo, ya casi al final de su vida, que se arrepentía de no haber vivido. Para un hombre que considera que la vida es lo más importante, por encima de todo lo que en ella se pueda lograr, fama, reconocimientos o dinero, cuentan tanto las derrotas como las conquistas interiores. En las más de las mil páginas de los diarios vamos a encontrar rupturas con amigos, críticas a otros escritores, la aventura en la selva y en la montaña, escenarios de algunas de sus novelas; seremos testigos de la transformación de un hombre ateo a uno creyente. Uno que puede decir con la autoridad que le confiere su experiencia: “de lo que no tengo la menor duda es que mi vida es mil veces más decisiva que mi obra”.

La buena fama se consigue con mucho esfuerzo y se pierde de un momento a otro por circunstancias que la fortuna pone al paso. Es por eso que la lectura de estos diarios es parecida a la acción de querer agarrar con curiosidad un erizo de mar: sin lugar a dudas saldremos heridos.

Kafka no se imaginó que su vida ocuparía a otras vidas en tratar de averiguar su misterioso paso por el mundo. Sin embargo, la calidad literaria de sus cuentos y novelas es suficiente para interesarnos en su personalidad. Si eso hace la ficción, qué no puede hacer la vida. ¿Podemos a partir de unos diarios ir a la obra de ficción y averiguar qué tanto de la vida del autor hay en ella? Claro que sí. El asunto es saber si entre lo que pensó el autor de sí mismo y lo que pensamos nosotros hay una conversación, una lección.

La vida narrada en estos diarios puede suscitar en el lector el deseo por experimentar la pesca y la cacería no como un pasatiempo, sino como un retorno a la naturaleza y a la experimentación del mundo del mar y la selva, lleno de peligros y con la presencia siempre de la vida y la muerte como formas naturales de la existencia. La aventura no puede imitarse, tiene que inventarse, de ahí que al lector urbano, carente de una experiencia salvaje, el sueño le despierte el deseo de vivirla. Lo triste es que sólo los atrevidos pueden lograrlo.

Los pasajes sobre el mar, el cosmos y la creencia de la trascendencia del espíritu tienen en los diarios un lugar sin igual en la obra del autor. Y son de una belleza y profundidad que ameritan la suspensión de lo cotidiano para indagar en su misterio: “Definitivamente el ateísmo y el escepticismo son engendros filosóficos de mentes que han vivido de espaldas a las estrellas”; “sólo el espíritu puede alcanzar la eternidad, y la obra queda condenada fatídicamente en lo efímero”.

¿Cuántas de nuestras luchas internas y externas no son más que bifurcaciones del espíritu obnubilándose a sí mismo con empresas vanas e intrascendentales?

Alejandro Beteta
  • Edición -
  • Consejo editorial

Oaxaca, 1990. Estudió Humanidades en IIHUABJO. Es editor de la revista Avispero

Fotografía de Alejandro Beteta

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