Columna Semanal
20 de noviembre del 2018

Pertenecer a la generación denominada millennials (los nacidos entre 1980 y 1999) es caótico, pero hablar sobre ella lo es aún más por dos motivos: el primero, es porque desearía poder abordarla desde un lado positivo; sin embargo, ¡qué difícil es encontrarlo en estos tiempos!, ya que al hacer un balance el lado negativo es el que gana más peso por el impacto que tendrá en el futuro. El segundo, porque como ya mencioné es la generación a la que pertenezco y no es reconfortante saber que ésta atraviesa por un período de decadencia -el cual no se reconoce, y por ende no se está buscando redireccionar-.

Los millennials son hijos de la globalización, hasta el grado de llegar a ser no mobile phone phobia, lo cual se refiere a la dependencia extrema por estar conectado a internet. El uso de la tecnología, sin la capacidad de discernir, debido a que no hay una determinación individual establecida, convierte a todos en consumidores acríticos y hace que falle en su objetivo principal: generar conocimiento que repercuta en la mejora de vida de las personas.

La búsqueda al máximo del placer inmediato, el miedo al compromiso, basarse en determinaciones orales y genitales, el egocentrismo, la ausencia de consciencia, el no dirigir la voluntad con inteligencia, la enajenación y la falta de visión se traducen actualmente en una plena decadencia del ser humano sin importar el desarrollo tecnológico, obstáculos que han imposibilitado una búsqueda de conocimiento fundamentada que sea capaz de transformar la totalidad social.

Pareciese que al hablar de los millennials se habla de una generación sin interés por su pasado, por su historia y que se deja cosificar, enajenar. Todo esto está llevando a una caída generacional que pronto será irreversible. Porque cosificar al ser humano significa un cuerpo sin alma, espíritu o personalidad, dando pie a un proceso de deshumanización en el que se puede prescindir de una persona sin ningún conflicto de por medio -tal como sucede con un objeto-, el cual contribuye a la perpetuación de la indiferencia en toda relación social y marca una relación únicamente de interés egoísta y suicida en el que el prójimo es considerado como simple mercancía.

El hombre se rodea cada vez más de cosas innecesarias que lo encaminan a la pérdida de su personalidad, lo esclavizan, lo hacen vulnerable, le causan ansiedad y otro sinfín de malestares que, en síntesis, lo enferman y hacen olvidar lo fundamental de la vida: el bienestar común.

Ejemplo claro de ello es que la mayoría de las conversaciones son superficiales y dejan a un lado los temas que están fracturando a la sociedad. Irónicamente y a pesar de estar constantemente “comunicando” es cuando menos comunicación efectiva existe. La comunicación es un proceso indispensable para el desarrollo individual y social porque significa un intercambio valioso del habla, la envoltura del pensamiento.

Dejar la rutina a un lado, comenzar a percibir los problemas básicos de la existencia humana y hacer de la palabra, del lenguaje, un verdadero vehículo de comunicación son algunos de los retos a los que ahora se enfrenta la sociedad y, sobre todo, los millennials.

Amairany Belem Policarpo Reyes
Fotografía de Amairany Belem Policarpo Reyes

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