Oaxaca
22 de marzo del 2017

Los espíritus inmortales de los muertos hablan en las bibliotecas.

PLINIO EL JOVEN, Epístolas

El primer intento para formar una biblioteca académica en América -posterior a la Conquista- se registró, entre los años 1536 y 1600, en la Ciudad de México bajo el nombre de Colegio Imperial de Santa Cruz de Tlatelolco, dedicada a la enseñanza de muchachos indios hijos de caciques. Participaron, entre otros, el virrey Antonio de Mendoza y el obispo Fray Juan de Zumárraga, hombre culto y de aficiones humanísticas, al tiempo que instigador de la gran destrucción en Tezcoco de los libros de los antiguos mexicanos, acto indigno por el que es tristemente recordado. Después de la capital mexicana, según el INEGI, es en la Ciudad de Oaxaca donde existe hoy un mayor número de bibliotecas públicas. La primera de ellas se fundó por el primer Congreso Constituyente en 1826; a la contribución del gobierno local se sumaron los donativos de varios ciudadanos, amantes de los libros y la cultura que existen en todas las épocas y lugares.

Y es también con base a donaciones particulares como nacieron las dos principales que animan la capital: la Biblioteca del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y la Biblioteca Andrés Henestrosa (la cual abordaré en otra ocasión), las más visitadas y utilizadas no sólo por contar con el mejor acervo e instalaciones y funcionar como centro de reunión, sino por ocupar un lugar predominante en la difusión y construcción de diversas manifestaciones tanto artísticas como académicas y culturales, atendiendo a distintas generaciones y clases sociales de manera eficaz. Ambas cuentan con salas de exposición, talleres literarios permanentes y mantienen actividades relacionadas con la música y el cine de forma gratuita. Lo que diferencia a estas bibliotecas impulsadas por particulares de las directamente dependientes del Estado es que animan la cultura y el nivel de vida resultante, algo de interés social, y no son exclusivamente un depósito de libros ni un lugar al que acuden sólo hacedores de tareas escolares. ¿Por qué no hay lectores devotos en la Biblioteca Pública Central, por ejemplo? ¿Los temas de sus salas son ajenos al campo de la curiosidad de un lector promedio? No lo creo, buscando un poco en sus estantes, descubriremos algo de interés para pasar el rato. Además los bibliotecarios son igual de amables que en otros espacios, conscientes de su labor social (en el único lugar en el que me han atendido patanes es en la Biblioteca Central de la UABJO). Sencillamente hay bibliotecas mejores, alejadas de la institucionalidad que prioriza más las estadísticas -lo primero que te piden es que te anotes, aunque no consultes un libro- que la calidad de su acervo. Es un gusto leer ahí al lado de pocos usuarios y a pesar de la vetustez en la mayoría de su mobiliario, tiene un par de acogedores sillones rojos, propicios al reposo. Hasta donde sé, es la única que cuenta con préstamo de computadoras, así sean del paleolítico; y junto a las bibliotecas de la Fundación Bustamante Vasconcelos y Francisco de Burgoa, son las más silenciosas para la práctica de la lectura, las más alejadas de la charla de los trabajadores parlanchines. ¿Y cómo proveerse de lectores si no es atractiva ni especializada en su acervo? Éste es un desafío cultural a nivel nacional, la formación de nuevos lectores que conozcan las bibliotecas. CONACULTA, a través de su Dirección General de Publicaciones, ha publicado el último año libros interesantes para todos los gustos, ¿porqué no están en sus libreros? La colección completa de Tierra Adentro, digo yo, debería estar en todas las bibliotecas centrales del país.

En cuanto a la BIAGO, hay que decirlo desde un principio, es una de las criaturas vivas más importantes del centro histórico: una vez echadas sus raíces, allá por 1988, se ha ido extendiendo a todos los ámbitos de lo posible, atendiendo en ambos inmuebles, en promedio, a mil doscientas almas al mes, realizando además la labor de préstamo a domicilio de casi trescientos ejemplares. Lo anterior no significa que todos utilicen el acervo -varios buscan su información en internet- o que todos los libros en préstamo sean leídos, pero sí nos dan un panorama fragmentario de las lecturas actuales de cierta población. Menciono diez autores muy recurridos los últimos seis meses: Camus, Cortázar, Castaneda, Fuentes, García Márquez, Jodorowsky, Murakami, Paz, Shakespeare, Sartre: escritores con mucho que decirle al gran público. Conocida como la biblioteca mejor refaccionada en América Latina en cuanto a su colección de artes plásticas (treinta mil quinientos cuarenta ejemplares a finales de junio del 2013), un lujo sería conocer todos sus recovecos. Nada desdeñables son también las salas donde alberga libros relativos a temas de Fotografía y Arquitectura, esta última la sala más consultada. Entre sus usuarios incluye a investigadores y estudiantes en áreas humanísticas, universitarios, artistas en ciernes y personas sin oficio conocido que, por su pasión al conocimiento y con la buena voluntad por comprender al mundo del autodidacta, saben del ocio productivo que significa la lectura. Virginia Woolf: “leer constituye un proceso más largo y complicado que mirar”. Claro, un pintor opinará lo contrario, acaso con razón. De hecho, honras a los libros cuando te sientas a leerlos -aunque parezca que no estés haciendo nada- y en el mejor de los casos, a través de un esfuerzo especial, adquieres conocimientos y una personalidad autónoma. El segundo inmueble localizado en Avenida Juárez reúne las secciones de narrativa, crónica, poesía, teatro, ensayo, filosofía, religión, música, danza, clásicos griegos y latinos además de la fonoteca Eduardo Mata, que cuenta con cerca de cinco mil discos compactos, además de doscientos vinilos y casetes.

La libertad de la lectura en una biblioteca es una experiencia única e íntima aunque susceptible de despersonalizarse y hacerse colectiva al compartir el entusiasmo por los libros que nos agradan. En aras de acercar a una próxima visita a potenciales lectores, mencionaré una parte del acervo del IAGO 2 (diecisiete mil setecientos seis ejemplares), porque quizás sea la sala de narrativa la mayor y mejor sección, donde más se solicita el préstamo a domicilio y donde notamos los verdaderos gustos de los lectores, no los fingidos -como pensaba Orwell-, sino su grado de inquietud y horizontes. Encontramos, alineados uno tras otro, comunicándose y acariciándose entre sí, los pensamientos de hombres y mujeres que sintieron la ambición y la necesidad de hacer de su experiencia personal, local, un asunto de interés universal, según he podido conocer la definición que de un verdadero escritor hizo Rafael Argullol.

Compartimos con Gabriel Zaid la idea de que “toda biblioteca es el cúmulo de otras bibliotecas llegadas a ella por una infinidad de caminos”. La BIAGO ha crecido motivando una sede alterna, pareciera agigantarse por sí sola pero escenarios de otros destinos la han robustecido: la donación de bibliotecas particulares disueltas la convierten en una mayor totalidad, incluso desde sus inicios. Por ejemplo, un erotómano lector donó una parte de la colección erótica de Tusquets, La sonrisa vertical, para solaz de otros licenciosos lectores sabedores, como Huxley, de que las verdaderas orgías nunca son tan excitantes como en los libros pornográficos. Pintores, editores, escritores, extrabajadores, lectores de paso y toda persona próxima a los libros también han contribuido con sus donaciones. No estaría mal, por otro lado, que algunos de sus más asiduos usuarios liberaran no solamente los libros que ya no les precisen sino algunas de sus joyas, antes de envejecer y abandonar el mundo conocido. Como dijo el poeta satírico Pananti, de nada sirven los libros si no podemos prescindir de ellos.

Hay un buen criterio en cuanto al modo de aplicar los recursos para la adquisición de nuevos ejemplares. Queramos o no, ya decía Lugones, el lector es el elemento primordial de la biblioteca: se toman en cuenta sus gustos y opiniones a través de un libro de sugerencias, haciéndolos colaboradores. Tal vez en nuestra época se publica una mayor cantidad de libros que en cualquier otra, razón por la cual hay que limitar el campo de lo posible a opciones concretas. Es cierto además que la elección de cuál libro debo leer es complicada y angustiosa: cuando escoges, eliminas. Enis Batur, bibliófilo turco, señala en Las bibliotecas de Dédalo: “[El laberinto...] es el concepto de mi biblioteca: en su cuerpo aguardan unas rutas cuyo número cubriría, envolvería y excedería mi vida aunque viviera más años que Matusalén”, en un libro que homenajea a muchos otros, como también lo son y están disponibles, Libropesía y Bibliotecas llenas de fantasmas. En su breve ensayo “Desembalo mi biblioteca”, Walter Benjamin menciona que si existe un elemento compensador al desorden de una biblioteca, es la regularidad de su catálogo. Cada vez es más difícil que libros prescindibles o sin valor entren en este recinto. Para empezar están los escritores canónicos en lenguas con más tradición literaria, en diferentes ediciones y traducciones: Cervantes, Shakespeare, Dante, Goethe, Whitman, Pushkin y La Fontaine. Las obras de estos autores son un buen comienzo para conocer los cimientos de la cultura occidental. Aunque parezcan libros sólo para autores, los clásicos griegos y latinos son consultados con regularidad y están bien representados, se necesitaría una vida dedicada a la lectura para agotarlos. Más amplia es la selección de libros que incluyen a clásicos de la literatura: Balzac, Flaubert y Stendhal; Austen, Dickens y James; Chejov, Dostoievski y Tolstoi; Hawthorne, Poe y Twain; Pérez Galdós y Machado de Assís, por mencionar algunos de los más conocidos. Uno puede echar un vistazo a la vasta herencia cultural que nos precede leyendo a este puñado de autores. Hay suficientes ediciones de los clási-cos del siglo XX: Gottfried Benn, Borges, Conrad, Faulkner, Nabokov, Onetti, Pessoa, Proust, Wal- ser, Zweig. Los autores vivos más reconocidos tienen su lugar, tres que cuentan con bibliografías completas: McCarthy, Coetzee y Pamuk, aunque hay muchísimos más. “Todo lo nuevo place”, escribió el Doctor Johnson, por ello existe una sección de novedades en todas las salas; después de un mes o dos puedes llevarlos a casa, o antes, si eres hábil persuadiendo a la persona indicada. “Las personas que van a leer un nuevo libro son tan pocas que se puede hacer una lista”, por lo mismo son secciones más espartanas aunque a su manera bastante completas: las más recientes traducciones de Flann O'Brien o Thomas Bernhard, por ejemplo, libros fruto de nuestro tiempo; o los que por su costo son difíciles de integrar a bibliotecas personales: la Biblioteca de Grandes Pensadores de Gredos -tomos de Hume, Leibniz, Berkeley, Séneca-, también Fragmentos de Schegel (Marbot), Universos paralelos de Michio Kaku (Atalanta), Los filósofos pre-platónicos de Nietzsche (Trotta). La apetencia por más y más libros es colmada en este único lugar: siempre tendrá hallazgos afortunados.

¿Qué le hace falta entonces? Para su impresionante acervo: lectores. La BIAGO tiene un perfil atractivo. Siguiendo los consejos de Zaid para acercar lectores, aprovechando el internet, harían bien en tener catálogos actualizados en las redes sociales y boletines de novedades de lo que ofrecen por email. Quizás una mesa aislada, un sillón donde se pueda leer de manera más informal. Después de un par de horas, nuestra silla vertical es poco eficaz. Sabemos que la mejor forma de leer es en posición horizontal: el espacio y las cosas se nos aparecen con una apariencia distinta. La biblioteca de Mazunte, acorde con su ambiente tropical, es la única que cuenta con una hamaca, y es su espacio más cotizado. Aunque, bueno, eso si ya sería mucha comodidad.

La lectura es un ejercicio solitario siempre con pocos adeptos. No debe sorprendernos en un país y época tan tendiente a lo audiovisual, al exceso de información. Hay que adaptarse y ser hombres de nuestro tiempo, nos dicen, exaltando la innegable validez de la comunicación electrónica e ignorando algunos inconvenientes: internet como arma de control social, la lectura veloz y fragmentaria que presupone, una dependencia cada vez mayor a las redes sociales además del exceso de energía que requiere el planeta para tener miles de servidores encendidos todo el día. Tuvo razón Diderot al señalar, hace más de trescientos años, que “la mayoría de las personas prefieren el entretenimiento antes que el conocimiento”. ¿No somos los seres humanos esencialmente los mismos en cualquier tiempo y lugar? Mientras “el pensamiento sea la actividad suprema del hombre”, las bibliotecas perdurarán.

Una tarde, en la sala de poesía, el tiempo transcurría sereno. Aburrido de leer y más solo que la una, cerré los ojos y me dispuse a escuchar el ruido del tránsito, disminuido por ser fin de semana: no había niños que recoger a la escuela ni apuro por regresar al trabajo, en el cual todos, dadas sus prisas por llegar, al parecer son insustituibles. Ocasionalmente se oía el neumático de algún veloz auto durante la milésima de segundo en que tocaba el registro de agua y después, suspendido en el aire, no lo tocaba, haciendo “plac-plac.”. Levanté la cabeza y vi las paredes cubiertas de libros. ¡Ah! Es bien sabido cómo predisponen a la pereza y la contemplación los estantes apelotonados con libros. “¡Qué delicia es dejar de leer, que tranquilidad en el corazón!” Si es de tu agrado, echar un ojo furtivo a la bibliotecaria, salir al patio a contemplar las enredaderas y el árbol que florece en verano -¡Qué hermosa es la vida al lado de sus troncos venerables!-, observar rápidamente la exposición en turno. Incluso los mosaicos de los sanitarios recrean la mirada. La afición de los mirones, la nombró Mallarmé. Y luego dirigí mis pasos hacia un buen bar, tratando de reflexionar los conocimientos adquiridos. Repantigado en la barra me pregunté: “¿Qué significa este marrito de mezcal?” “Es un mezcal, y nada más.” Si eres afortunado al beberlo, olvidas preguntarte por el sentido de la vida: te dedicas a vivirla en buena compañía, y brindas por los ausentes.

Frases
Alejandro Guzmán
  • Consejo editorial

CDMX, 1979. Es huroneador de bibliotecas y pasante en Derecho y C.S por la UABJO. Escribe ensayo y reseña literaria.


Fotografía de Alejandro Guzmán

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