Columna Semanal
09 de marzo del 2017

Con este cambio de gobierno hay una transición importante de trabajadores en las instituciones. Empleados de confianza hemos sido despedidos y los nuevos elementos desde sus primeros días deben acoplarse a dos cosas importantes: la primera es el cómo deben realizar su trabajo; la segunda son los trabajadores de base. Seguramente serán advertidos sobre cómo tratar con ellos. Y no todos tienen el síndrome del sindicalizado, pero la mayoría sufre este mal. Aunque no deberían tener dificultades para detectarlos, aquí van algunas consideraciones para reconocerlos.

Para empezar, la persona ya perdió el interés o el placer por hacer su trabajo y sufre apatía. Es incapaz de relacionarse con sus compañeros o de establecer relaciones duraderas. Suele culpar a los otros de hacer mal las cosas; cree que él y sus amigos incondicionales son los únicos que trabajan en la oficina. Le gusta que se haga la diferencia entre ellos y los de contrato. Trata de distinta manera a los de base que a los de confianza. Recalca en sus conversaciones su pertenencia a un sindicato; suele usar la frase “los que somos de base”, como si fuera un tipo de súperpoder que puede usar en cualquier momento. Y la frase “voy a hablar con mis delegados”, es de alguien que no supo relacionarse en su trabajo, que no logró adaptarse y no supo cómo manejarlo o resolverlo. Es igual al niño que en los juegos no logró estar al nivel de sus compañeros y, como lo hicieron a un lado, le fue a decir a su mamá. Entonces, su seguridad no está en sí mismo, ni en la manera en que hace su trabajo; es más, no está en su yo, está en el otro: en sus delegados. La culpa también está siempre en el otro. Habla mal de las oficinas de gobierno, pero no se incluye aunque trabaje ahí. El gobierno son los jefes, no él, los que tienen que trabajar son los jefes, no él. Aunque vea a sus compañeros repletos de tareas, nunca se ofrece porque él ya trabajó, ya sufrió para obtener su base. Si la compró, le costó su dinero y merece no hacer nada. Es más, busca colocarse donde no haya trabajo, si es necesario se acomoda con un horario diferente al de oficina.

Pero la principal característica de alguien que sufre este síndrome es que la persona ocupa su plaza no como una base para su crecimiento, sino como el límite de sus aspiraciones, como techo. Si sólo tiene la preparatoria ya no estudia, si terminó la carrera no busca titularse; total, casi todos sus compañeros son pasantes y tampoco ejercen su profesión. Cuando tienen problemas económicos, pudiendo tener otro empleo, prefieren pedir préstamos; total, pronto vendrá el aguinaldo o la tanda. Entre las tandas se mueve más dinero que entre los administradores del gobierno. En resumen: lo que ellos llaman su base, deberían llamarla su techo. No buscan cómo mejorar su trabajo, a sí mismos, ni cómo aprovechar el día. Prefieren matar el tiempo con televisión, bordando o con catálogos (por sus catálogos los conoceréis). Peor para ellos porque no sólo le heredarán una plaza a sus hijos, le heredarán su abulia y su misma actitud ante la vida. En México los que aspiran a tener una base aspiran a no hacer nada.

En algún momento se pervirtieron las cosas, la plaza es para que no vulneren los derechos de los trabajadores, pero ellos creen que pueden vulnerar los derechos de los usuarios. Más aún, no tienen consideraciones por las personas, “que me esperen”, “vuelvan otro día”, “mañana tengo reunión”. Claro, para un sindicalizado el más importante es él mismo, no importa el área donde trabaje, ya sea un hospital, escuela u oficina.

Lo peor es que si a ellos les toca hacer un trámite y los tratan igual, en vez de reflexionar sobre la manera en cómo ellos y los demás servidores públicos hacen su trabajo, se molestan y piensan en vengarse: “Ojalá vaya a mi oficina y así le vamos a hacer”. Entonces, su incapacidad para darse cuenta de sus errores es otro signo de la enfermedad. Sin embargo, aunque cumplan con todos los síntomas, tristemente no podríamos diagnosticar a alguien con el síndrome del sindicalizado porque no existe. Pero ojalá existiera, no porque haría una fortuna como psicólogo tratando esos casos, sino para que el país funcione mejor, gobierne quien gobierne.

Angel Morales
  • Consejo editorial

Oaxaca, 1986. Publica regularmente en periódicos y revistas locales y nacionales. Es director de la revista de psicología Lapsus.

Fotografía de Angel Morales

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