Columna Semanal
16 de febrero del 2018

La misa siempre me ha parecido aburrida, pero esta vez tenía de qué burlarme: la chica de la estudiantina parecía hombre. Convertía los rezos en trabalenguas. De lo que ella decía yo apenas lograba comprender la primera palabra “Señormsdhbuydetvdwdeyu” y después todo se volvía un revoltijo. No era la única que convertía las plegarias en versos que parecían sacados de alguna canción de Eminem, pero se esforzaba por ser escuchada, al menos, por los que tenía alrededor. Mi hermana y yo apenas podíamos contener la risa.

Cuando la gracia acabó, mis padres ya me habían regañado; logré escuchar de nuevo con un poco de atención la misa: “Cuiden a sus hijos, ustedes son los encargados de que no sucumban a la carne, especialmente las jovencitas que son las más vulnerables”. Pensé, ¿por qué dijo ‘jovencitas’ y no jóvenes en plural? Creo que somos una generación enajenada pero no somos sólo mujeres. También me acordé de mi ex novio. No muy buen conversador pero me parecía un tanto inteligente. Es muy religioso y sigue casi todas las normas que su familia le enseñó. No bailar, por ejemplo. Cuestioné el hecho de que no bailara y que no pudiera elegir por sí mismo. Su respuesta fue que “le habían enseñado a que ellos no pertenecían al cuerpo”. Pude darme cuenta que fue algo que él no decidió, sino que había aceptado como muchas otras cosas infundidas por la religión.

Para mí no tiene chiste ser religiosa sólo porque me lo inculcaron. Crecí en una familia católica, pero no conocí realmente la espiritualidad hasta que con ayuda de mi abuela comencé a buscar. Me di cuenta que lo que buscaba estaba en todos lados, solo tenía que usar la razón; en karate, por ejemplo, uno de los principios que me enseñan es “buscar la perfección del espíritu”. Una de las cosas que hago para intentar conseguirlo es aprender a controlar mi cuerpo por medio de la voluntad. La mente es quien manda al cuerpo, si no puedo controlarlo tampoco lograré controlar mi mente. Para controlar mi mente creo que hay tres cosas fundamentales: la inteligencia, la libertad y la voluntad. Pienso que el libre albedrío es la inteligencia para poder discernir entre lo que está bien y lo que no, la libertad de poder elegir qué es lo que creo que está bien y la voluntad para cumplirlo.

La religión y la espiritualidad son cosas distintas, la religión creo que puede tomarse como institución, y tal vez en cualquier religión pueda volverme sabia; pero si tomo parte en alguna tengo que cuidar que no interfiera con mi libre albedrio, de lo contrario me volvería una fanática. Hay quienes dicen ser religiosos, pero no saben de espiritualidad y son fanáticos. También conozco algunos chicos que son “ateos”; pero no saben que existe diferencia entre religión y espiritualidad, y tampoco se han acercado a conocer al menos un poco. Hay personas que perdieron el libre albedrío y siguen al rebaño, son de mentes gregarias. Creo que aceptar todo lo que en la religión te dicen y esforzarse por ser notado como religioso o ateo, es como esperar a que te aplaudan o feliciten por ser parte del rebaño, hay muchas personas queriendo formar parte de algo que se olvidan de ser ellos mismos y de que podrían ejercer su libre albedrío.

Muchas cosas que he aprendido sobre la espiritualidad ha sido por los libros; por ejemplo, leyendo la biografía de Emily Brontë, aprendí que puedo tener metas más allá de las académicas, es decir poder lograr una mente filosófica; y que es pobre aquel que no puede pensar por sí mismo, quien ha dejado deejercer su libre albedrío para formar parte del rebaño. Debo ser tolerante, quizá mi ex novio y la chica de la misa que parecía hombre no le hagan daño a nadie, pero en realidad creo que es hora de que las personas empiecen a pensar por sí mismas.

La espiritualidad es algo muy íntimo, no permite el autoengaño; la religión es el conjunto de dogmas que las personas usan para venerar a una divinidad. Sin embargo, el verdadero templo está en mi mente.

Anabelén Daniel Madrid

Estudiante de COBAO. Practicante de karate, cinta café.

Fotografía de Anabelén Daniel Madrid

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