México
11 de noviembre del 2016

Quien conozca un poco de la historia económica de México durante las últimas tres décadas no podrá negar que ésta se resume, omitiendo los matices y las personalidades de la novela político-social del periodo, como la historia del amargo fracaso del neoliberalismo. Mas tal afirmación omite el hecho de que al hablar de México, y en especial de su economía, la historia no sólo de tres décadas sino del siglo pasado y acaso un siglo más, es más bien una historia agridulce: agria en lo profundo, en el campo, en el barrio, en la fábrica, en la realidad; dulce en la superficie, en los bancos, en las cámaras representativas, en los clubes de golf, en la ficción del “discreto encanto de la burguesía”. La coexistencia de dos Méxicos es un hecho sobre el cual ya no cabe discutir. La traición del neoliberalismo es a sus promesas, no a las cuentas bancarias de un puñado de mexicanos.

Hecha esta salvedad, permítaseme observar la imposibilidad de dar una respuesta simple y univoca a la frecuente pregunta: ¿cómo está la economía?, a la que suelo responder: ¿la economía de quién? Más recientemente, la pregunta ha cambiado un poco, ya que, gracias a ese fermento de lo masivo que es la televisión, la gente suele preguntar: ¿cómo van a afectar las reformas a la economía?, ¿a la economía de quién?, hay que corregir.

Recientemente, en un debate entre personajes cuyos nombres no quiero recordar, escuché una de las opiniones más simpáticas que sobre las reformas se han repetido. Acusaba el polemista que la reforma energética es una clara muestra de neo-Porfiriato, aludiendo a la política imperante en los tiempos del general Díaz, según la cual la inversión extranjera era el medio único y necesario para el “progreso” del país. Justa en lo que declara, tal acusación merece un mayor análisis a fin de revelar lo que, como toda aserción, por cierta que sea, deja oculto.

Confrontar la política reformadora de nuestros días con la vigente durante el Porfiriato se ha vuelto terreno común y acaso vuelve las comparaciones gratuitas. La facilidad de la empresa, sin embargo, es más una llamada a evitar la levedad de los argumentos que un impedimento a la crítica. Es, a final de cuentas, por el contenido mismo de las reformas, que la tarea se facilita y no por la banalidad de sus comentaristas. El hecho de que nuestros legistas hayan incluido una figura de expropiación “por interés público” bajo el título de “servidumbre” abre las puertas a las más justificadas sospechas. La raison d’etat no nos es menos familiar que a un contemporáneo de Maquiavelo. Que el mismo gobierno federal se abandere bajo las alas del orden y el progreso nos recuerda la sangre derramada por la paz y la pobreza de la que se alimenta el desarrollo. ¿El desarrollo de quién?, habría que preguntar.

El progreso, esa palabra tan hueca por sí misma y que sin embargo ha servido a los fines más nobles y a los más cínicos, es quizá el problema más ignorado en la historia económica de nuestro país. Desde el tiempo de la Reforma y hasta nuestros días, tal pareciera que nuestros dirigentes han ignorado que para progresar hace falta un objetivo hacia el cual avanzar, ya que en el mejor de los casos (o el peor tal vez) nos hemos limitado al bovarismo que intrigara a Antonio Caso: el ser lo que no somos, el copiar a alguien más. Ese alguien han sido las naciones europeas en pocos casos, y los Estados Unidos de Norteamérica por lo general (el peor definitivamente), sin darse cuenta que así el desarrollo se convierte, en palabras de Octavio Paz, en “mera prisa por condenarse”.

Tal anhelo de occidentalización que se hizo patente en la constitución de 1857, se volvió un hecho con don Porfirio. Junto con la dictadura política una dictadura más funesta se impuso al país: la dictadura del positivismo, y con ella vino la dictadura de las leyes del mercado, el imperialismo de la inversión extranjera y las finanzas, el mandato de los economistas administradores, la mano invisible de Yves Limantour y “los científicos”, el grupo de “progresistas” más retrógrado que había conocido el país, defensores del libre mercado que no se midieron en la creación de latifundios más grandes que las tierras por las que lloró Jerjes. La expropiación “por interés público” se volvió la ley, una ley más acorde al darwinismo social que al liberalismo smithiano. Tras poco más de tres décadas la dictadura de Porfirio Díaz conoció los límites del despotismo, don Porfirio junto con su vocero del liberalismo fueron exiliados del país por la Revolución.

En este punto se vuelve tentador dar un salto histórico de cien años para revelar los vicios y similitudes de la pulsión modernizadora y progresista que se manifiesta en las reformas estructurales. Pero precisamente ese salto es la parte oculta que tras la denuncia de neopor- firismo se esconde. En efecto, afirmar que las reformas económicas que con tanta venalidad se discuten hoy en día son reflejo de la política dictatorial de Díaz, esconde el hecho de que en los cien años que siguieron al exilio del dictador oaxaqueño (el segundo de ellos) hay más de continuidad que de salto anacrónico.

Una reflexión de Alfonso Junco —en una curiosa aparición en la naciente televisión mexicana— nos recuerda que la revolución no terminó con la partida de Díaz, y que durante los veinte años que siguieron a su exilio físico se mantuvo una dictadura moral. Las traiciones, alianzas y asesinatos que culminan con una nueva dictadura, la de Calles, fueron producto de la sombra que Díaz heredó al país: “mátalos en caliente”. El triunfo de Calles no es tampoco un abandono de las viejas tradiciones políticas, en todo caso marca el inicio de su institucionalización: el nacimiento de la dictadura perfecta. Roger Hansen, quien ha estudiado con una profundidad poco usual para un economista los 40 años que siguieron a la creación del Partido Nacional Revolucionario, observa como detrás del “milagro mexicano” operó un aparato político y moral nacido del rencor criollo, que determinó la formación de los dos Méxicos. “La cosa nuestra” le llama Hansen, aludiendo a las similitudes entre la mafiosa familia siciliana y la no menos corrupta nueva “familia revolucionaria”. Sea ésta una prueba de la persistencia de nuestra historia, pero no la única.

Tampoco el espíritu de Limantour fue exiliado. Las afirmaciones recientes del Secretario de Hacienda respecto a los “efectos nocivos” que un aumento del salario mínimo —esa broma de mal gusto que no llega ni al nivel de subsistencia de Ricardo y Marx— tendría sobre la inflación y la economía, basado en las deducciones de una pseudo-ciencia cómo así la ha calificado el epistemólogo Mario Bunge, es uno entre la miríada de ejemplos del clima intelectual en que viven los profesionales de la economía en nuestros días. Las academias del país, si es que algo les queda de academias, han sido asaltadas por un neopositivismo tan brutal como el positivismo de Gabino Barreda, y al igual que entonces el nuevo reino de la ciencia encuentra su justificación en el orden y el progreso. Un regreso al fetichismo del libre mercado.

Ni el amor al progreso abstracto, ni la servidumbre, ni la dictadura económica se fueron con Díaz y Limantour. La reforma energética de Peña Nieto no es una vuelta al Porfiriato, es la prueba de que éste nunca se ha ido. Peor todavía, son ya cuatrocientos años de historia en los que no hemos dejado de dar, como decía Cosío Villegas, tejuelos de oro a los extranjeros a cambio de cuentas de vidrio. En todo caso la servidumbre ha empeorado a fuerza de que el poder político haya por fin quedado subyugado por el poder económico, la decadencia espengleriana se manifiesta en una democracia que no es más que el arma política del dinero. La identidad “democracia = plutocracia” se nos presenta más cierta que nunca, materializada en anacrónicas reformas estructurales.

Algo ha cambiado, sin embargo. El fracaso de la Revolución —porque eso fue mayormente, confusión y fracaso— ha borrado el anhelo revolucionario del ideal de los hombres sensatos; de la revolución violenta por lo menos. Tras cien años de dictadura dos losas se acumulan sobre la espalda del ideario revolucionario. La primera es el tremendo fracaso de las izquierdas en su intento por formular una alternativa factible al capitalismo, una que no degenere en un totalitarismo más brutal que el ya bru-tal “libre mercado”. Ahí está el ejemplo de los más revolucionarios sindicatos, que huelga tras huelga refuerzan la hegemonía del Estado, alimentados de los despojos del banquete de la plutocracia al que han sido invitados sus más ilustres líderes. Véase también a los partidos de izquierda, con sus conmovedores discursos que satanizan el sistema (el chiquero) en el que se regodean —con sus muy honrosas excepciones, por supuesto.

La segunda es la impasividad de las masas que en cien años han pasado de la rebelión política, denunciada por José Ortega y Gasset a principios del siglo xx, que sentó las bases de una hiperdemocracia que gobierna con la tiranía de la presión social (de la masa), para imponer, sabiéndose vulgar, el derecho a la vulgaridad; a un estado intermedio de densidad máxima, producto del magnetismo o atracción de la masa igualitaria en la descarga, que provocó que ésta fuera arrastrada por la falsedad del poder despótico —proceso del que sin condescendencia alguna nos ha dejado una doctrina Elias Canetti; hasta llegar en la actualidad a su estado de masas atomizadas por la masificación tecnológica (¡oh!, ironía de masas) y las modas que distinguen sin hacer distinción alguna. Despreciadas por Perter Sloterdijk debido a su carencia de potencial y amor a la indiferencia, son “suma de microanarquismos y soledades” en un mundo que nos condena a la amargura por no poder llegar a ser nosotros mismos.

Mas el fin de la revolución violenta abre el camino a la revolución del pensamiento, la revolución de las ideas, de los hombres con ideas, y de la cultura. Sólo una revolución precedida por la reflexión contemplativa y la crítica racional podrá exiliar efectivamente los dogmas del progresismo y la crematística. Marx lo dijo, al mundo hace falta cambiarlo. Sí, pero cambiarlo por cambiarlo nos ha llevado a un pragmatismo que nos tiene dando tumbos sin llegar a cambiar nada en realidad. Solamente cuando los idealistas retomen su función de agentes de cambio y, como enseñó José Ingenieros, la masa los reconozca y conserve su praxis, en lugar de vivir en estático embeleso con los pseudo-héroes manufacturados por el poder comercial, se podrá superar el estado de alteración presente, una situación en la que todos terminan culpando a todos por lo que hicieron todos juntos. Un estado de miedo más grande que el que hizo a Hobbes declarar el monopolio violento del Estado, basado en un contrato social que nadie nunca ha firmado.

Pero mientras ese día llega, el Leviatán plutocrático seguirá creciendo y sólo por esta vía, es decir, si no es capaz de moderar sus apetitos, sólo así es probable que, a fuerza de oprimir tanto a las masas, éstas vuelvan a sublevarse repitiendo con ello un capítulo oscuro de nuestra persistente historia.

Frases
Humberto Bezares Arango
  • Consejo editorial

Oaxaca, 1986. Es profesor e investigador, escritor, economista y portero amateur.

Fotografía de Humberto Bezares Arango

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