Zumbidos
25 de abril del 2019

Lo acontecido con el suicidio de Armando Vega Gil pone de manifiesto algo que, varias filósofas e intelectuales —como Christina Hoff Sommers o Elisabeth Badinter—, han venido diciendo en los últimos años: el feminismo ha perdido el rumbo; pero seamos más específicos, la Tercera Ola del feminismo. Ahora tocó el turno al movimiento #MeeToo. No es casualidad que la fundadora real del movimiento y/o del concepto, Tarana Burke, haya dicho en 2018 que “el movimiento ha perdido su camino”. Y es que, según la activista, el circo de acusaciones, culpabilidades e indiscreciones han terminado por desvirtuar su objetivo original.

Hoy, en plena generación “copito de nieve”, nos encontramos frente a toda una narrativa de victimización que termina por convertirse en una nueva forma de resentimiento y linchamiento social. El del bajista de Botellita de Jérez no es el primer caso en el que se muestran las consecuencias de dicho revanchismo; a finales de diciembre del año pasado, en Argentina, un joven de nombre Agustín Muñoz corrió la misma suerte que Armando, una falsa acusación de abuso sexual que terminó con su vida. Lo mismo, aunque sin el desenlace fatal, ha sucedido con el actor Juan Darthés, a quien, hasta la fecha, no se le han podido comprobar ninguna de las acusaciones vertidas en su contra. En 1994 Eugene J. Kanin afirmó que el 41% de las denuncias por violación hechas ante la policía eran falsas, mientras que unos años antes, en 1985, Charles P. McDowell estimó un 27%. La razón de esto se debe, según la Dra. Marcela Castro, a los siguientes factores: a) el establecimiento de una coartada o excusa, ya sea por embarazos no deseados, infidelidades, etc., b) afán de venganza, c) existencia de trastornos mentales o psíquicos, d) para evadir responsabilidades personales, e) extorsión, f) necesidad de suscitar compasión y atención.

Mucho cuidado, aquí no pretendemos minimizar la violación, el abuso o el acoso sexual; estos son comportamientos repudiables que deben ser castigados por la ley, no, lo que aquí decimos es, justamente, que en toda acusación debe existir un proceso, que, según la teoría jurídica actual, inicia con la “presunción de inocencia” del acusado/a; de ahí habrá que aportar pruebas y esperar un veredicto. Claro que pueden existir manipulaciones al proceso, favoritismos o sentencias que no se correspondan con lo que realmente pasó; sin embargo, esta es la manera más sensata que poseemos para intentar obtener justicia. Lo otro es la venganza individual o social, la cual, para muchas personas, quizá sea la única salida. A pesar de ello, no podemos obviar que también existe la posibilidad de que la víctima sea el supuesto victimario, por lo cual la prudencia extrema nunca está de más. Las mujeres también mienten, las mujeres también engañan, las mujeres también son seres humanos y, así como hay hombres trastornados, también hay mujeres trastornadas que sólo buscan llamar la atención. Retomando las palabras de Patricia Laurent Kullick: “Estoy totalmente de acuerdo con Mónica Braun. Por favor, a mí también bórrame de tu facebook si denunciaste a algún escritor que te invitó a coger. Simplemente se dice NO, gracias. No eres mi tipo, no me gustas, tengo pareja, no tengo ganas, etc. Porque lo que estamos logrando es minimizar el problema real de mujeres abusadas o violentadas o asesinadas”.

Lo más triste es encontrarnos con una re-victimización del propio movimiento, que, en vez de aceptar sus posibles fallos y errores (al menos posibles), acusa “intento de censura” y “chantaje mediático”. No cabe duda, es momento, como escribí en mi artículo “Contra el feminismo de la tercera ola” (Avispero, 2018), de repensar el feminismo, pues, como nos alerta Pascal Bruckner en su libro “La tentación de la inocencia”, este se ha transformado en un feminismo llorón, victimista, que difunde con enorme intensidad la “cultura de la queja”, que tiene un poder difícil de enfrentar: su carácter incomprobable. No es fácil confirmarlo, pero tampoco desmentirlo. “Es una actitud que induce a un morboso afán por descubrir agravios nimios, por sentirse discriminado o maltratado, por achacar a instancias exteriores todo malo que nos sucede o nos pueda suceder”.

La muerte de Armando Vega Gil también cuenta y vale. Es momento de que reflexionemos el papel que tienen las redes sociales cuando son usadas de manera incorrecta por ciertos grupos (no sólo feministas) que buscan revancha o venganza, que buscan cobijo al amparo de las sombras, que tiran la piedra y esconden la mano, como si esto se tratase de un juego para ser aplaudido o replicado irresponsablemente.

Termino con lo dicho, nuevamente, por la Dra. Marcela Castro:

Muchas mujeres aprovechan instancias como #MeToo para que las demás le digan ‘qué valiente eres’ o ‘te creo totalmente’, mintiendo sobre situaciones que jamás ocurrieron, sin importarles participar en la estupidez en que se ha convertido el feminismo desde que Andrea Dworkin se le ocurrió escribir en Our Blood, ‘Bajo el patriarcado, cada hijo de cada mujer es su traidor potencial y también el inevitable violador o explotador de otra mujer’. Como señalo [sic] Doris Lessing, ‘Hoy mujeres más estúpidas e ignorantes pueden insultar a hombres mejores que ellas sin que se eleve la más mínima protesta’ [...] Aceptar, sin cuestionar cualquier denuncia hecha en redes sociales, incluso en casos de supuesto acoso sexual y supuesta violación, es peligroso y nocivo para nuestros propios derechos humanos. Las acusaciones falsas no son raras, son comunes, y es tarea de los jueces establecer la culpabilidad de una persona. No mía, no suya, no del feminismo.

Slaymen Bonilla
  • Escritores invitados

(México, 1988) es, actualmente, investigador invitado en la Universidad de Kioto y doctorante en filosofía por el Colegio de Morelos. Sus investigaciones giran en torno a la filosofía pesimista del siglo XIX y XX, a la filosofía oriental, en especial Nagarjuna y a la filosofía náhuatl. Igualmente, sus esfuerzos van encaminados a la creación y desarrollo de una nueva teoría, a la que denomina "pesimismo utópico". Cofundador del proyecto de los Filósofos Malditos.

Fotografía de Slaymen Bonilla

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