Columna Semanal
20 de abril del 2016

En tiempos de elecciones los políticos padecen el síndrome del mesías. Con sus discursos creen detener el tiempo y cambiar el rumbo de la historia. Nunca antes y después habrá figura como la suya, aseguran. Las promesas más audaces suelen ser el dulce con el que alivian la amargura de los incautos. La mayoría de sus juramentos quedarán en la memoria como una injuria.

Se dice que los políticos no tienen palabra, salvo excep­ciones, porque están sometidos a los intereses de otros poderosos, con los que no pueden quedar mal porque entonces su propio poder decae. Pero, ¿de dónde nace esta necia patología política de prometer imposibles? El hecho de que no pueda haber políticos sinceros nos habla de la descomposición del sistema. La ciudadanía harta de las promesas y los falsos gobernantes ha incubado un profundo resentimiento, odio y rechazo hacia el político. Y no es baladí que se vea al político como un lobo hambriento y oportunista, sordo a las demandas y a los consejos una vez instalados en el poder. De pronto se les olvida lo que unos días antes pontificaban y llevaban como estandarte.

No hay peor político que el que no atiende las críticas y los consejos, que el que no se abre a otras perspectivas y juzga las suyas como las mejores y las únicas. La crítica es fundamental cuando se toman decisiones que incluyen los intereses de todos. Pero, en lugar de críticos, los políticos se rodean de bufones; y el circo lo domina todo. La vida como apariencia y como adulación es el síndrome del político. A base de mentir todo el tiempo, su vida se vuelve una mentira. Las consignas en donde se ve al político como un ignorante funcional y grotesco, parecen ser el refugio de una crítica que siente, en el fondo de sí misma, la imposibilidad del cambio inmediato. Lo único que queda es la sátira y el escarnio de sus debilidades y bajezas. Por eso la figura de Peña Nieto (y de todos aquellos políticos que cultivan su ignorancia) suele ser la que más estragos ha hecho en la sátira ciudadana. Pero, ¿cómo podemos cambiar la sátira, la caricatura dolorosa por ideas, por proyectos plausibles? La pregunta sería: ¿por qué gobiernan los peores y no los mejores? La sociedad que deja que gobiernen los peores es una sociedad atrofiada, sin ideas, sin figuras moralmente responsables.

Cuando los políticos gobiernan para los poderosos o para sus bolsillos, y no para el bien de los ciudadanos, caen inevitablemente en el abismo. El político, que es un servidor del pueblo, se convierte en un parásito que corroe lo poco sano que hay del cuerpo en proceso de descomposición. Por eso vemos tanto político millonario en estados pobres y marginales. ¿Cómo es posible esto? Porque dejamos que pase como pasa el viento enfrente de nuestras narices.

Un Estado no depende sólo de sus gobernantes, sino de toda la sociedad. Es decir, la responsabilidad del ciudadano es ejercer sus derechos y obligaciones sin dañar las libertades de los demás, y ver que su libertad no vaya en detrimento del todo en el que se encuentra. Habiendo gobernantes corruptos e hipócritas, los ciudadanos voraces tienden a imitarlos, y las víctimas lloran sus efectos. El crecimiento de la corrupción es la evidencia de la pérdida del humanismo.

Ahora que estamos en tiempos de elecciones, y que los partidos y los candidatos se pelean a muerte la primacía del poder sacando sus peores trapos unos de otros, haríamos bien en cuestionar si vale la pena seguir esperanzados en ellos o pedir a gritos un cambio de conciencia. Y a la decadencia de la política le podemos sumar la decadencia de la justicia. Una y otra vez se bombardea al ciudadano con las corrupciones, las injusticias y los abusos de los pedantes, de los cínicos y de los imbéciles con poder. Algunos jueces no están de lado de la justicia o de la víctima, sino del que tiene el poder para salir del atolladero. Para los jueces la legalidad es símbolo de la justicia; pero la legalidad está unida a las artimañas de los astutos y los contactos inmorales. Es por eso que vemos tanta infamia vomitiva. No creo que un político pueda cambiar las cosas. Muchos de los cambios no dependen de un hombre sino de la mayoría de hombres que se hacen conscientes de que para vivir en una cultura superior y civilizada, es necesaria una actitud ética, aunque muchos de nuestros actos la nieguen. “No te dejes llevar por los bribones de la democracia, y recuerda siempre que no hay servidores públicos sino aprovechadores públicos. Escoger al malo para evitar al peor es inmoral”, dice el escritor Fernando Vallejo. Y cuando la democracia -la mayoría- elige a su lobo (o él mismo se impone con un sistema corrupto que lo respalda), ¿no nos queda más que ocupar el papel de la oveja?

No puede haber una buena política cuando los políticos hacen de ella un botín, ni justicia cuando los jueces ganan sueldos estratosféricos que parecen ser una burla en comparación con el salario mínimo de un ciudadano. La política y la justica deben ser un servicio, no un medio de enriquecimiento.

En la cabeza del político el mundo depende de sus de­cisiones. ¡Y cuántos políticos no están convencidos de que sus decisiones son las mejores para el bien de los demás! ¡Y cuántos políticos no ofrecen pan y circo creyendo que atienden las necesidades de la muchedumbre! Por eso Plutarco dice en Consejos a los políticos para gobernar bien: “no se debe entrar en los asuntos públicos con ánimo de lucro y enriquecimiento; esto es lo que hacían Estratocles y Dromoclides y sus secuaces, que se incitaban unos a otros a acudir a la cosecha de oro, como llamaban de broma a la tribuna”.

En la Grecia clásica, Platón y Aristóteles propusieron que para que un Estado fuese un buen Estado, debía ser gobernado por el sabio. Sabemos que eso nunca ha sido posible y quizá hagan falta más siglos para comprender la verdad de esa intención. El conocimiento es poder, pero no todo poder es conocimiento; he ahí el imperio de la ignorancia.

Alejandro Beteta
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Oaxaca, 1990. Estudió Humanidades en IIHUABJO. Es editor de la revista Avispero

Fotografía de Alejandro Beteta

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