Columna Semanal
04 de mayo del 2017

Cuando no hay nada que decir, lo mejor es guardar silencio. El problema es que hoy los que menos tienen que decir, son los que más se empeñan en hablar. Y quienes más esfuerzos hacen al hablar, son los que más se niegan a escuchar.

En una tarjeta escondida en un cuaderno encuentro varias citas de Carl Seelig: Paseos con Robert Walser es un fabuloso libro de conversaciones con uno de los locos más lúcidos de la literatura suiza del siglo pasado. Walser vivió como un alma en fuga desde que era un adolecente pretensioso. En la juventud, a la edad en la que la vida es una aventura o un infierno, Walser pensó quitarse la vida. Pero no, el destino quiso que llevase su existencia al límite, y fue cuando un día, después de haber escrito varias novelas y relatos, la locura lo visitó, como lo había hecho ya con uno de sus hermanos. Para guarecerse se internó en un hospital. Era libre de irse cuando quisiera o pasear solo. Pero un loco muy cuerdo levanta sospechas, y por eso Carl Seelig, uno de sus admiradores, le siguió el paso por más de una década en el hospital. Siguió escribiendo esporádicamente y sus Microgramas son el legado de aquellos años de silencio y de renuncia al mundo.

Anoto ahora aquí una de las sentencias recuperadas por ese hombre de buena fe que fue Seelig para Walser: “Si volviera a tener treinta años, no volvería a escribir sin objeto, como un muchacho romántico, solitario y despreocupado. No se pude negar la sociedad. Hay que vivir en ella y luchar por ella o contra ella. Ése es el defecto de mis novelas”. Y no sólo escribió sobre cómo negarse a la sociedad a través de la literatura, sino que se empeñó, después de haber reconocido su pecado, en ir más lejos de lo que sus personajes habían ido en sus novelas. Pienso que la locura de Walser es una de las más raras, puesto que consciente de sí, el mundo le parecía una jaula. “Las cosas cotidianas”, dice a Seelig, “son lo bastante bellas y ricas como para poder sacar de ellas chispazos poéticos”.

Al evocar su juventud, dice: “Por aquel entonces hice un par de chapuceros intentos de quitarme la vida. Pero no era capaz ni de hacer un nudo corredizo en condiciones”. Cuando no se está en las condiciones de llevar a cabo una empresa, hasta la idea de la muerte se vuelve una tarea que requiere de voluntad. Quizá una voluntad desvoluntarizada, aburrida de sí. “En el sanatorio tengo la paz que necesito. Que los jóvenes hagan ruido ahora. Lo que me conviene es desaparecer, llamando la atención lo menos posible”, objeta cuando el buen amigo lo exhorta a la escritura. ¿Cuánto estoicismo podemos hallar en esta otra de sus sentencias: “En la vida humana tienen que haber también cosas desagradables, para que lo bello se destaque con tanta mayor plasticidad de lo feo. Las preocupaciones son los mejores educadores”?. Diría que Walser encontró una peculiar sabiduría en la renuncia y la impotencia: “¿No tiene mi mundo derecho a existir, aunque en apariencia sea un mundo más pobre e impotente?”.

Rememorando, encuentro que Cioran escribió que en la primavera de 1937 conversó con un loco del hospital psiquiátrico de Sibiu. He aquí su diálogo: “‘Se está bien aquí’. –‘Es cierto. Merece la pena estar loco’, me respondió. ‘Pero está usted, a pesar de todo, en una especie de prisión’. –‘Si usted quiere, pero aquí se vive sin la menor preocupación. Además, la guerra se acerca, usted lo sabe tan bien como yo, y este lugar es seguro. No se nos moviliza y no se bombardea un manicomio. Si yo fuera usted, me haría internar inmediatamente’. Se me aseguró que estaba realmente loco. Loco o no, nunca nadie me ha dado un consejo más razonable”.

Acaso no hay bastante cordura en esto que dice Walser: “sin amor, el ser humano está perdido”. ¿Cuánto daño no ha hecho la idea romántica de que la locura autentifica el genio? Desde 1929, a los cincuenta y un años, Walser se internó como loco, y hasta 1956, año en el que murió, vivió aislado, contemplando la poesía del silencio.

Alejandro Beteta
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Oaxaca, 1990. Estudió Humanidades en IIHUABJO. Es editor de la revista Avispero

Fotografía de Alejandro Beteta

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