Columna Semanal
30 de noviembre del 2017

La publicidad no discrimina entre sus víctimas. En la calle, en el cine, en las redes sociales podemos encontrar diversas marcas de vestimentas –accesorios, dispositivos móviles, entre otros productos– que aturden a los espectadores con comerciales que prometen un ambiente de éxito. Estar a la moda se ha convertido en un referente de estatus social. El portador del disfraz de mayor costo se gana la ovación de sus semejantes.

El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), tiene de referencia un concepto llamado la “línea de bienestar”, que consiste en medir el valor total de la canasta alimentaria y la no alimentaria por persona al mes; para octubre del año en curso este valor para el medio urbano fue de 2, 924.94 pesos, y para el rural de 1,891.55 pesos. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), cerca del 50 por ciento de la población mexicana percibe ingresos por debajo de esta línea de bienestar. Para realizar un contraste, pongo de ejemplo una playera de la marca Ralph Lauren, cuyo costo es de 1,790 pesos. Aquellos pertenecientes al rubro de la población con ingresos por debajo de la línea de bienestar posiblemente tendrán un problema si sus placeres egocéntricos se ven calmados al portar una prenda de este tipo.

Hace tiempo circulaban artículos sobre la producción de ropa Zara, perteneciente a Inditex, una de las más grandes industrias de diseño textil. En ellos se hablaba de la calidad de sus productos y la explotación laboral en diferentes partes del mundo, como en Brasil y en países asiáticos. Estos artículos llamaron la atención cuando el corporativo tomó medidas en estos asuntos. Aun así, es bien sabido que estas industrias en la actualidad hacen uso de subcontrataciones en países donde la mano de obra es más barata para disminuir los costos de producción. En Bangladesh, el país con el salario mínimo más bajo del mundo, se encuentran varios proveedores de esta industria. La población dedicada a la confección gana aproximadamente 1,228 pesos mexicanos al mes.

Entre costos de transporte, regularizaciones, indemnizaciones por daños ambientales, publicidad y demás, los productores de prendas de vestir se justifican para presentar sus productos con precios altos. Pero existe una alternativa: el contrabando. Estos bienes tienen una demanda en el mercado ilícito, pues hay consumidores que no están dispuestos a pagar grandes cantidades de dinero por una prenda que pueden encontrar en otro mercado con una infraestructura austera en comparación con el Palacio de Hierro, o bien acceder a las ofertas donde los productos que han sido desplazados por las tendencias reducen sus costos hasta en un 70 por ciento.

El fenómeno de los bienes de Veblen expuesto en la microeconomía, supone un acercamiento a este comportamiento social. Estos bienes aumentan su demanda si los precios son altos; sin embargo al momento de comenzar a disminuir su precio dejan de ser atractivos para el consumidor, es decir, se rigen en función al valor monetario y no a la necesidad que satisfacen. Esto podemos observarlo cada que sale un teléfono móvil: el iPhone que supera al iPhone anterior; basta con cambiar el color para que los consumidores opten por pagar una cantidad más alta. Si bien hay bienes casi homogéneos, existe una característica que crea una diferencia, esto es, un símbolo, un logo que genera en el consumidor un toque de egocentrismo: pertenencia a una clase que busca distinción, un intento por ser similar a la publicidad. El problema reside en la racionalidad del consumidor, el cual se deja llevar por lo superficial y sacrifica su cartera, recurre a la deuda ante la impaciencia del momento y compra una dosis de fantasía confeccionada o ensamblada.

Luis Alberto Sánchez Santos
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