Mujeres
30 de octubre del 2018

Por lo regular los pesimistas tienen opiniones desconcertantes acerca de sus progenitores. Muchas de las veces son el blanco de sus flechas envenenadas; cuando no es el padre es la madre quien se lleva los peores epítetos. En la historia del arte, la filosofía y la literatura los genios deben todo o muy poco a sus progenitores. Beethoven pudo haberse quejado del trato duro y frío que le dio su padre al levantarlo todos los días de su infancia a las cinco de la mañana para tocar el piano; Benvenuto Cellini también pudo haberse quejado de que su padre lo haya obligado a esculpir desde niño cuando lo que deseaba era pintar. En efecto, la insistencia de los padres dio en el clavo con sus talentos y despertó su genio. La más difícil de todas las ciencias es la de educar, dice Montaigne, quien agradecía la educación que su padre le había brindado al dejarlo desde que nació y hasta los cuatro años al cuidado de una familia de campesinos.

Madres y padres se han visto obligados a educar a sus hijos en el oficio en el que ellos se vieron frustrados o fracasados. De esta forma les imponen sus deseos y hacen de su vida una tragedia interior. Los atormentan con sus propias desilusiones y ambiciones personales. Otros padres se han empeñado en corregir las inclinaciones de sus hijos y, en su intento, los atormentan, pero no logran eclipsar la fuerza de la voluntad de su genio. Lo más triste y ridículo es continuar la profesión de los padres por tradición y falta de imaginación para encontrar el propio camino. Y en el camino muchos se han extraviado por perseguir empresas contrarias a sus facultades innatas. La intervención de los progenitores queda muy clara si observamos a nuestro alrededor y vemos cuántos de los individuos que nos rodean decidieron su futuro basándose en su adoctrinamiento.

Se ha dicho que el amor materno, que es el que aquí importa para las siguientes disquisiciones, es más profundo que el del padre por llevar al hijo en el vientre durante el embarazo. Mantenerlo en sus entrañas y amamantarlo sella para siempre un pacto entre la madre y la creatura. La madre reconoce su fragilidad y dependencia. Por instinto maternal, la madre se siente más ligada al hijo que el padre. El amor del padre, al carecer de dicha cercanía, es más racional y poco a poco va progresando en el difícil arte de amar y educar. Padres autoritarios los encontramos en la vida de Kafka y Kierkegaard. Pero han sido las madres, las santísimas madres, las que han formado a los más grandes pesimistas de la historia del pensamiento, de quienes podemos decir que sus vidas eran un calvario, un vía crucis de tormentos y angustias que los llevaron a plasmar observaciones negativas y violentas del ser humano y la Creación, como lo son Schopenhauer, Leopardi, Byron, Nietzsche, Cioran y Caraco. Leopardi y Byron no fueron filósofos, pero sus filosofías de vida, la forma cómo comprendieron el universo y el alma humana, los hacen más que poetas. Todos estos pesimistas escribieron su obra filosófica bajo la influencia de sus madres. ¿Qué tanto del carácter de sus madres hay en sus vidas y pensamientos? Aventurar una respuesta es pecar de objetividad. Sin embargo, su pasión por la corrección y la educación severa —que ejercieron en sus mentes, en parte melancólicas, violentas y pesimistas por su presencia— nos permite entender el abismo de sus vidas y obras. Del vientre a la tumba estos pesimistas predicaron el mal sabor de la vida sin ningún tapujo moral. Más allá de sorprendernos e instruirnos por la lógica de sus disquisiciones, lo que hacen es perturbar la moral establecida de la tradición. Detrás de sus madres se esconde un oscuro secreto. Malas madres como las de estos pesimistas las hay en todo el mundo, pero no todas tienen la “¡dicha!” de tener hijos pesimistas y creativos como ellos. A lado de sus esposas, sus maridos parecen enanos a lado de gigantes.

Schopenhauer construyó desde su madre una retórica misógina. Hay una carta de ella que es bueno citar. Johana Schopenhauer la escribió después de una pelea con el filósofo. Él tenía celos de un joven amigo de su madre. Con la carta la madre rompió definitivamente su relación y lo condenó a vivir solo. Pero él realmente vivía solo desde los dieciséis años. La carta es del 17 de mayo de 1814 y Schopenhauer tenía treinta y cuatro años:

La puerta que con tanto estrépito cerraste ayer tras comportarte tan indignamente con tu madre se ha sellado para siempre entre tú y yo. Estoy cansada de soportar tus malas maneras, me voy al campo y no regresaré hasta saber que te has marchado; se lo debo a mi salud, pues una segunda escena como la de ayer podría provocarme un ataque de apoplejía que quizá resultaría mortal. Tú no sabes nada del corazón de una madre: cuanto más amó, más dolorosamente siente cada golpe que le infiere la mano antes amada. No es Müller, esto te lo juro ante Dios en quien creo, quien te separa de mí, sino tú mismo, tu desconfianza, la censura que ejerces sobre mi vida y sobre la elección de mis amigos, tu desdeñoso comportamiento para conmigo, el desprecio que muestras hacia mi sexo, tu negativa manifiesta a contribuir a mi felicidad, tu codicia, tu mal humor al que das libre curso en mi presencia sin la menor consideración hacía mí [...].

Y eso es lo que nos separa, si bien no para siempre, sí hasta que retornes a mí en calma y buena disposición. En ese caso estaría dispuesta a acogerte con benevolencia. ¿Qué diría tu padre si viviera, él que pocas horas antes de morir te encomendó que me honrases y que no me dieses nunca disgustos? Si yo hubiese muerto y tuvieras que vértelas con tu padre, ¿te atreverías a sermonearle? ¿Tratarías de determinar su vida y sus amistades? ¿Acaso soy yo menos que él? [...].

Deja aquí tu dirección pero no me escribas, a partir de ahora ni leeré ni contestaré a ninguna de tus cartas; llegados a este punto se separan nuestros caminos, escribo esto con profundo dolor pero no queda otro remedio si es que quiero vivir y proteger mi salud.

¡Vaya carta! Nunca más madre e hijo se volvieron a hablar ni a escribir sin la intervención de Adele, la hermana de Schopenhauer. Cuando murió su madre, Schopenhauer no asistió a su entierro. El día que cayeron en bancarrota por una crisis económica de su banquero, Schopenhauer se ofreció a ayudarlas, pero la madre se negó y lo perdieron casi todo mientras que él recuperó todo lo que le pertenecía.

No son pocos los juicios positivos que los biógrafos hacen de la madre del filósofo. La simpatía y la fuerza del intelecto que poseía le valieron la amistad de Goethe en su salón. Goethe la apreciaba considerablemente porque fue de las pocas personas que no lo denigró cuando se casó con la florista Christiane Vulpius. Lo recibió con su esposa en su salón y ella misma le sirvió el té como a una igual. Otros asistentes dejaron de ir a las tertulias por este acontecimiento. Sí, cualquier lector de las biografías del filósofo puede sentir simpatía por la madre y desprecio por el hijo. Es cierto, Schopenhauer tenía muy mal humor a pesar de ser irónico y bromista. Su madre le decía que tenía todo menos inteligencia emocional. Sus bromas herían más que sus críticas. Quizá muy pocos consigan quedarse con los juicios de Schopenhauer acerca de su egoísta y mala madre. Era una mala madre, pero no una mala mujer, como pontificaba el filósofo. Lo abandonó para buscar su libertad. Cuando cayó en desgracia, el círculo literario de su madre se fue reduciendo hasta desaparecer, y ella tuvo que vivir con las comodidades mínimas: en una casa menos ostentosa y sin servidumbre.

Pero la misoginia de Schopenhauer no es nada más caprichosa, tiene una fundamentación filosófica en su obra El mundo como voluntad y representación. El padre otorga a los hijos la voluntad mientras que la madre les da el intelecto. A simple vista pareciera que concede aquí un elogio a las mujeres, pero no es así. Ya que dentro de su filosofía la razón se encuentra al servicio de la voluntad, siendo secundaria y manipulable por los impulsos de la voluntad. La cosa en sí es la voluntad y la razón su sirvienta. “Heredaríamos el carácter del padre y el intelecto de la madre”, dice. Y más adelante: “Entre madre e hijo puede darse el mayor contraste moral, entre padre e hijo sólo puede darse el mayor contraste intelectual”.

La cruenta disputa que el filósofo mantuvo con su madre inició en su adolescencia, después de la muerte de su padre. En la carta citada la madre le llama la atención, ya que el padre, severo y metódico, había condenado al hijo al estudio del comercio y a los negocios familiares desde su temprana infancia. Éste le propuso elegir entre un viaje por Europa o los estudios que él quisiera desempeñar. Schopenhauer prefirió irse de viaje y después pagar con su vida el contrato que marcaría su destino. Le había hecho prometer a Schopenhauer que después del viaje se entregaría al estudio del comercio. Pero la muerte de su padre puso en duda ese juramento, y durante dos años el joven se debatió entre dos dilemas que lo llenaron de melancolía y desesperación: obedecer la promesa o seguir su propio camino. Fue la madre quien lo liberó, por consejo de Goethe, de esa condena diciéndole que muerto el padre, él podía elegir para su vida lo que más le conviniera y le hiciera feliz. Lo mismo hizo ella para su vida. Pecado que el joven no le perdonó, pues se había entregado a su salón y a la convivencia cultural de su tiempo como nunca antes lo había hecho en presencia de su esposo. Años después el joven no le perdonaría la frialdad con la que había asumido su muerte. Pensaba que su madre se había casado por interés; su padre era mayor que ella, viejo y propenso a la histeria. Ya de viejo se mantenía postrado en su sillón mientras ella, en todo su esplendor, se entregaba a los salones y a las exposiciones de arte. Schopenhauer la había calificado de interesada y poco afectiva al amor de su padre.

Muerto el intransigente padre, con la herencia y los títulos acumulados, ella se daba al derroche de su fortuna para rodearse de vanidad y personalidades superfluas, según la visión del hijo. La carta de la madre, una de las muchas en las que zarandea la desesperada y violenta conducta del hijo, ilustra el motivo por el que Schopenhauer arremetió contra las mujeres. “¿Qué diría tu padre?”, es la clave para ver qué tan lejos había llegado con su propensión a aplastar al bello sexo. Ella se sentía ofendida por su actitud, por su reticencia y su orgullo, y por su incapacidad para ver feliz a los demás; por su loca manía de corregir, censurar y entrometerse en todo. Era un torbellino demoniaco que nadie estaba dispuesto a atender. En el apéndice “Sobre las mujeres” de Parerga y Parilopómena, Schopenhauer lanza sus juicios más misóginos pensando, seguramente, en la actitud que observaba en su madre, ¿única mujer a la que conoció verdaderamente? Schopenhauer desestimaba el matrimonio, y a los que se casaban les daba su pésame y les decía que cometían el peor de los errores humanos. Pero él mismo, careciendo de amor y compañía, se consolaba imaginando, ya maduro y en pleno esplendor filosófico, que sería bueno casarse para ingresar en el mundo burgués que criticaba con fervor. Un solterón era mal visto, y hasta Goethe tuvo que cumplir dichos requerimientos. Tres veces intentó Schopenhauer unirse a una mujer y falló; dijo que el hombre pasa constantemente del sufrimiento al aburrimiento, y que una voluntad despierta, consciente del devenir omnívoro, prefiere negar la vida a afirmarla con una nueva existencia. Este es su legado: “Es bien cierto que yo he enseñado qué es un santo, pero yo no lo soy”. Murió a los setenta y dos años de un paro respiratorio.

Byron fue un pesimista al que Schopenhauer aplaudió. Cuando estuvo en Italia llevaba una carta de Goethe para presentarse con él, pero a Schopenhauer le perturbaron los celos. En un paseo con una actriz, su enamorada, ella saludó de lejos a un hombre que iba en un carruaje y, además, le sonrió. Le preguntó quién era, y ella le contestó que Byron. El don Juan no respetaba, como Casanova, ni jerarquías ni camas. Schopenhauer no quería avergonzarse de ser un segundón y decidió no verlo; muchos años después se arrepintió de su acción. Byron, el atormentado Byron, tuvo también una relación tormentosa con su madre. Su padre, un hombre dado a la bebida y a la voluptuosidad, murió cuando él apenas era un niño. De su relación con su madre podemos encontrar material que sirve de testamento literario. Este fragmento de Hippolyte Taine sobre Byron es ilustrativo, así comprendemos cómo el romántico vivió entregado al pesimismo desde su tierna infancia en manos de una madre desquiciada y cegada por la violencia:

La madre, en sus momentos de furor, desgarraba sus sombreros y sus vestidos. Cuando murió su desdichado marido, estuvo a punto de perder la razón y se oían sus gritos en la calle. Qué infancia llevó Byron en el antro de “aquella leona”, en medio de qué tempestades de insultos entrecortados por enternecimientos vivió aquel niño, que era no menos apasionado y más amargo, sería largo de contar. La madre corría tras él, le llamaba pillete, vociferaba y le tiraba a la cabeza la paleta y las tenazas. Él se callaba, saludaba y devoraba el ultraje. Un día que se hallaba poseído de “una de sus rabias silenciosas”, hubo que arrancarle de la mano un cuchillo que había cogido de la mesa, y que se llevaba ya al pecho. Otra vez el altercado fue tan terrible, que hijo y madre, cada cual por su lado, se fueron a la botica para “saber si el otro había ido a buscar veneno con que matarse, y para advertir al boticario que no se lo vendiese”.

Seguramente Byron hubiera ocupado el veneno para aniquilar a su madre. Byron gozó de sus virtudes varoniles y de su sensibilidad poética para encantar a las mujeres, de las cuales fue un fiel servidor. Su espíritu, subordinado a sus deseos, hizo todo lo posible por conseguir lo que se proponía. Se mimetizó con sus deseos con tal de recibir lo que esperaba. De los pesimistas aquí citados, fue el único que no tuvo problemas para ponerse en contacto con las mujeres. Es cierto que también tenía arrebatos destructivos y él mismo terminó por destruir a quienes lo amaban. Por donde pasaba marchitaba la vida a su alrededor. Una observación de una de sus amantes revela su condición sexual de manera trágica: el don Juan de los románticos era un mal amante. Un ataque epiléptico le desató unas fiebres que quisieron remediar con sangrías. Murió a los treinta y seis años.

Leopardi, al que basta decir que Schopenhauer llamó “el pesimista de los pesimistas”, y mira quién lo dice, describe a su madre como un monstruo que lo torturó a él y a su hermana desde el primer día de su nacimiento. Este fragmento fue lo que escribió acerca de su madre y la dura educación a la que lo condicionó:

He conocido íntimamente a una madre de familia que no tenía nada de supersticiosa, pero sí era firmísima y exactísima en la creencia cristiana y en los ejercicios religiosos. No solamente no compadecía aquellos padres que perdían a sus hijos pequeños, sino que los envidiaba íntima y sinceramente, porque éstos habían volado al paraíso sin riesgo y librado a sus padres de la incomodidad de mantenerlos. Hallándose muchas veces en peligro de perder a sus hijos a la misma edad, no rogaba a Dios que los hiciese morir, porque la religión no lo permite, pero se alegraba cordialmente, y al ver que su marido lloraba o se afligía, se encerraba en sí misma y experimentaba un penoso despecho. Era puntualísima en sus cuidados a los enfermos pobres, pero en el fondo de su alma deseaba que fuesen inútiles, y llegó a confesar que el único temor que sentía al interrogar o consultar a los médicos era oír opiniones o noticias de mejoría. Al ver en los enfermos alguna señal de próxima muerte, sentía un gozo profundo, que se esforzaba en disimular solamente ante aquellos que la censuraban; y el día que morían, si esto ocurría, era para ella un día alegre y delicioso, y no comprendía cómo su marido demostraba tan poco juicio al entristecerse. Consideraba la belleza como una verdadera desdicha, y al ver a sus hijos feos o deformes daba gracias a Dios, no por heroísmo, sino con la mejor voluntad. No trataba de ningún modo de ayudarlos a esconder sus defectos; por el contrario, pretendía que, a causa de ellos, renunciaran completamente a la vida en su primera juventud.

¡De qué manera tan atroz describe Leopardi a su madre! Esto puede ser explicado por la manía que tenía de atormentarlo con su estricta educación en los votos cristianos. La madre de Leopardi, que los biógrafos describen fría, autoritaria y nada sensible, educó al pesimista de pesimistas, al hombre que a temprana edad, como Schopenhauer, ya comprendía el vacío de la existencia y el absurdo del ser. Una madre que “consideraba la belleza como una verdadera desdicha” simplemente podía sentir placer con el dolor de sus hijos, un dolor que ella consideraba necesario para su instrucción en el mundo y en la vida eterna. El suplicio en la tierra promete un lugar en el cielo.

Esta vida de tormento por el pecado de la existencia, como dice Calderón de la Barca en La vida es sueño, queda libre con la muerte que redime de todos los pesares, y el dolor, parte fundamental para comprender la vacuidad de las ambiciones humanas, conduce a la liberación. No deseemos nada porque todo lo que deseamos es vanidad, se dice en el Eclesiastés. He aquí la escuela que Adelaida le enseñó a Leopardi. El padre de Leopardi había derrochado su dinero en libros para una magnífica biblioteca y en una vida bohemia de seudoartista. Al casarse con Adelaida, ésta se hizo cargo de la herencia y de restablecer el renombre familiar; en poco tiempo acrecentó la fortuna. Trataba a sus sirvientes como esclavos. Sólo una mirada suya anunciaba la catástrofe.

Leopardi, bajo de estatura, enfermizo y jorobado, poseía una sensibilidad sin igual para captar el tedio de todos los instantes, el sinsentido de todos los sentidos, la vacuidad del absoluto. De una forma u otra su formación a través de una madre severa, autoritaria, que sometía a hijos, esposo y sirvientes a su tutela, encontró desahogo en la poesía y en la reflexión. Zibaldone de pensamientos es el legado de Leopardi. El diario que inició a los diecinueve años lo concluyó a los treinta y nueve, momento en el que muere de una fiebre aguda. Por un fragmento de una carta de su hermana Paolina se confirma que la visión de Leopardi no es exagerada, sino puntual y exacerbada: “Mamá es una persona ultrasevera, un verdadero exceso de perfección cristiana; no puedes imaginar cuánta severidad pone en todos los detalles de la vida doméstica”. No quería que sus hijos perdieran el tiempo con las personas para que no se desviaran del camino de Dios, actitud contraria del mensaje cristiano “ama a tu prójimo como te amas a ti mismo”. Leopardi se condenó al silencio de su biblioteca y a las horas muertas después del estudio. Enamorado, como todos los solitarios, de una imagen idílica de la mujer y el amor, se atormentó por su fealdad y timidez. La voluntad de lucirse en los defectos —que le inculcó la madre— sólo supo dirigirla hacia la literatura, que no es poca cosa. Escribió juicios muy negativos de sí mismo. Su vida privada se vio enjaulada en el hastío. Nosotros gozamos de sus poesías y sus pensamientos de ermitaño.

La triada de pesimistas, Leopardi, Byron y Schopenhauer, cumplió con el mito romántico del siglo XIX: solitarios, amargados, destructivos y vedados al amor. Algo en su naturaleza los orillaba a contemplar a la mujer como se contempla la Luna, desde una distancia intransitable para el amante. Pero el siglo XX también tuvo sus pesimistas, como son Nietzsche, que murió en 1900, Cioran y Caraco.

Nietzsche y Schopenhauer fueron durante el siglo XIX los mayores despreciadores de las mujeres. Y por eso Cioran, otro prostibulario, no duda en decir que fueron quienes mejor hablaron del amor, y eso que no frecuentaron más que burdeles. Tiene razón al referirse a ellos como dos seres que hablaron desde el margen y el prejuicio, pues carentes de un contacto serio y pasional del género femenino, vivieron encerrados en sí mismos y florecieron como anacoretas que se complacieron pagando sus servicios.

Nietzsche profesó, como Schopenhauer, su odio a las mujeres por la difícil condición a la que lo sometieron su madre y su hermana una vez que él quiso emprender su vida amorosa. Madre y hermana condicionaron sus relaciones y como fantasmas aparecían en todas sus decisiones. Madre y hermana vivieron entregadas al filósofo con amor, pero en su afán de protegerlo de sus aventuras y de las presencias femeninas, obstaculizaron y ahogaron su libertad. Educadas en la moral cristiana del padre, al que Nietzsche admiraba por encima de la madre y de todo hombre sobre la tierra, no podían comprender la ruptura que éste había emprendido una vez que su pensamiento se independizó de las doctrinas cristianas y se hizo radicalmente rebelde y contrario a la moral establecida. Por eso, cuando Nietzsche conoció a la joven Lou Andreas-Salomé, madre e hija no vieron con buenos ojos la amistad y el interés que el filósofo depositaba en la joven felina. Por más que Nietzsche la rodeaba de elogios y detalles no cedió a tener con él más que una amistad. Novia del amigo al que ambiraba y amaba, Paul Réed, Nietzsche albergó la esperanza de realizar su sueño de una relación abierta y libre entre los tres, en donde la moral tradicional se transformara por la fuerza de su voluntad y se reconocieran por encima del orden moral burgués y cristiano. Pero ni Lou Andreas-Salomé ni Paul Réed aceptaron las locas ideas del amigo, que más que amigo era un mentor que ellos no podían comprender a cabalidad por la amplitud de sus ideas y la monstruosidad de su carácter. El alejamiento inmediato de los dos abrió en Nietzsche una herida que, con una fuerza sobrenatural, trató de evitar que sangrara y lo dejara al borde del abismo, el rencor y la venganza. ¿Acaso no hay ecos aquí de su ruptura con Cosima Wagner y Richard Wagner?

La ruptura con el amor y la amistad despertó una nueva crisis que lo orilló al silencio de la escritura. Enfermo, débil, presa de las migrañas y las jaquecas, de los vómitos y de los dolores de estómago, Nietzsche se entregó de lleno a sus libros y a la música, arte supremo que, al igual que su maestro Schopenhauer y Cioran, consideraba por encima de la filosofía. Este acontecimiento con Lou Andreas-Salomé, unido a la mojigatería de su madre y a la insistencia de su hermana para inmiscuirse en sus sentimientos y ordenarle qué hacer y para dónde dirigirse —a ellas mismas, claro está—, más las intensas lecturas y recuerdos de la vida privada de Schopenhauer con su madre y hermana, reforzaron el desprecio que Nietzsche sentía por sí mismo. ¿Cómo podía ser presa de las mujeres, de las de su casa y de las que se había enamorado? Después de la ruptura con Lou Andreas-Salomé, Nietzsche empieza a reforzar sus escritos con aforismos misóginos, como si en el momento de la escritura, en pleno fervor y éxtasis filosófico, no pudiera quitarse de la cabeza la traición de Lou Andreas-Salomé, a su madre y a su hermana. No comprendieron al mayor filósofo del siglo que cerraba el milenio, como se consideraba él mismo. Triste tragedia que se convierte en comedia por lo patética que puede tornarse una vida al verse obstaculizada por asuntos por los que la mayoría de seres humanos son infelices y mediocres. El superhombre también llora.

En el trato personal Nietzsche era amable, callado, silencioso y escrutador, y toda su neurosis, su verborrea demoniaca, la volcaba en sus libros. Era miope al igual que su padre y caminaba como un alma en pena, con una vista débil que no reconocía objetos a menos de diez metros, y eso que su animal simbólico era el águila. Cuando le llegó la crisis mayor, cuando quedó loco, madre y hermana quedaron muy contentas porque de nuevo tenían en sus brazos al hombre de la casa, al padre y al hijo. Empezaron a inmiscuir sus manos en sus libros, a deformarlos y a alterarlos a su gusto y conveniencia. Las cartas de la madre de esa época se desbordan en cariños y sufrimientos por el hijo desquiciado que depende sólo de ella y de nadie más. Si Nietzsche hubiera amado y lo hubieran amado seguramente otra sería su fortuna. ¿Hubiera corregido sus libros? Murió a los sesenta y seis años, después de más de una década de locura.

Cioran, el filósofo que no quiso ser filósofo por decepción de la filosofía para resolver sus problemas internos, dejó una obra inconclusa y llena de amargura. Si algo constituye su pensamiento es la absoluta libertad de la expresión desde el yo. La imponencia del yo surte un efecto sin igual que la ficción no puede suplantar. Cioran firmó cada uno de sus pensamientos desde su yo, un yo que pontificaba a los cuatro vientos contradicciones, blasfemias y anatemas sobre el hombre, la vida, Dios y la Creación. Afirmaba que escribía cuando se sentía explotar, cuando la depresión anunciaba su destrucción y tenía que poner en el papel lo que traía en la cabeza. Vivió sin un trabajo y sin cumplir horarios de entregas de su escritura, presa del insomnio y la desesperación desde su juventud. Ya octogenario decía estar cansado de insultar al universo, de hablar mal de Dios, de escarbar en sus odios.

Dos mujeres aparecen en su vida: su madre, que lo trajo al mundo, y Simone Boué, quien lo mantuvo desde los treinta años hasta su muerte. Una segunda madre, en cierto sentido, que le proveyó casa y alimento. Cioran afirmaba tener el carácter combinado de sus progenitores. Pero se sentía inclinado por el de su madre, que era suspicaz y escéptica; su padre era un pope ortodoxo de Rumania. El 18 de octubre de 1966 anota en uno de sus Cuadernos: “Cuanto tengo de bueno y de malo, todo lo que soy, lo he tomado de mi madre. He heredado sus males, su melancolía, sus contradicciones [...] Todo cuanto ella era se ha agravado y exasperado en mí. Soy su triunfo y su fracaso”. Un día después anota: “La muerte de mi madre es como mi muerte porque me ha transmitido todos sus trastornos. Ahora sé a qué atenerme respecto a mi porvenir”. Cioran tenía simpatía por su madre porque ella, además de ser escéptica, era también pesimista y melancólica, dura, fría, y débilmente sensible para sus adentros. Cuando él tenía veinte años, víctima del insomnio y la desesperación, y después de deambular durante semanas por las noches, le acontece lo más importante de su vida:

Debo precisar, antes que nada, que mi padre era sacerdote, pero mi madre no era creyente. […] De modo que tenía veinte años y un día —eran las dos de la tarde, lo recuerdo perfectamente—, delante de mi madre, me arrojé sobre su sofá y dije: “No puedo más”. Mi madre me respondió: “Si lo hubiera sabido, habría abortado”. Aquello me causó una impresión extraordinaria, pero en modo alguno negativa. En lugar de rebelarme, esbocé —lo recuerdo— una sonrisa y fue como una revelación: ser el fruto del azar, sin necesidad alguna, fue en cierto modo una liberación, pero me marcó para el resto de mi vida.

La vida como un aborto de la nada al ser es la columna vertebral de la filosofía de Cioran. Estamos en el mundo porque nuestros padres nos trajeron a la vida. Nos sacaron de la nada en la que apacentábamos, dice Cioran. Pero ellos tampoco tienen toda la culpa. La cadena se retrotrae hasta los primeros padres, y hasta Dios. Porque quién creó a los primeros padres sino Dios. En La tentación de existir y en el Del inconveniente de haber nacido —y en muchos de sus libros— se encuentran desperdigados aforismos en contra del nacimiento. En este último dice: “Haber cometido todos los crímenes: salvo el de ser padre”. El suicidio, tema capital desde su juventud, complementa esta incorruptible sensación de fastidio por la vida. Pero nunca lo llevó a acabo, y este aforismo de Silogismos de la amargura ilustra el porqué: “Sólo se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir?”.

En los libros de Cioran encontramos juicios misóginos. Sin embargo, admirador de las santas y las místicas, de poetas y filósofas, Cioran sentía una rara atracción por la melancolía femenina. Aquí tenemos presente el carácter de su madre, sus enseñanzas y la encarnación que tuvieron en su vida. El sexo, “esa comunión de dos babas”, nos inspira la búsqueda del amor: “La dignidad del amor consiste en el afecto desengañado que sobrevive a un instante de baba”. Murió a los ochenta y cuatro años de alzhéimer en un hospital psiquiátrico.

Caraco fue, como Cioran, un pesimista asistemático, recalcitrante, que divagó en el pensamiento suicida, misógino y nihilista. Su visión se inclina a ver en todo un pero que denota que nada está bien en el mundo ni en la vida. El caos gobierna la vida del hombre y muy poco puede hacer, a no ser que elija el suicidio, la sodomía o el onanismo para encontrar en el silencio de la soledad la renuncia; no necesitamos ir más allá de nosotros mismos ya que nos bastamos a nosotros mismos. La nada que precede al ser humano y que le sucederá es lo único que realmente existe, pues todo lo que nace, que vive, se dirige hacia la muerte. Evidencia que está de más aclarar. No hay Dios, y si lo hay no importa, porque nada puede hacer el hombre por él, ni él por el hombre. Ecos de Cioran si los hay.

No sé puede discutir su pensamiento sin referirnos a su patológica personalidad y el destino que sorteó. Caraco creía en la catástrofe que a su paso va oscureciendo incluso a los seres más felices, convirtiéndolos en nadas a su muerte. La muerte es democrática. La catástrofe es la muerte. El fin de todo inicio. Pues la vida, para él, carecía de sentido. Un único destino hay en todo lo que tiene vida: la muerte. La destrucción del ser que ingresa a la nada caótica de la que salió.

Hijo único de una familia de judíos banqueros que huye de un lugar a otro para guarecerse de los nazis, Caraco fue un hombre enfermizo que sobrevivió a base de medicamentos y, sobre todo, por las atenciones que le dio su madre desde niño. Su pensamiento, más agresivo que el de Cioran, defiende la pena de muerte, el antinatalismo y el suicidio: soluciones a todos los problemas humanos. Si hay un error en el mundo es la existencia del hombre.

Su vida se encuentra rodeada por muy pocos acontecimientos para una biografía exquisita por sus aventuras, pero aun así, lo que escribió despierta los ánimos del lector para investigar quién es el autor de libros como Breviario del caos y Post mortem. Alejado de los seres humanos por su condición de huido, Caraco creció solo, apegado a los libros y a la escritura. Su relación con su madre es ciertamente patológica, pues fue ella quien desde niño le inculcó una visión del mundo en donde el sexo, la mujer y la procreación son los mayores males que pueden ocurrir sobre la Tierra. En mi confesión dice: “Cómo odio el orgasmo sexual, así que tomé el estado de contemplación, transporte, calma, deleite, certeza y vértigo, donde me vuelvo a mí mismo hasta por tres horas”. Su odio al sexo, a su propio falo y a la mujer como cuna de placeres, vicios y males, está arraigado en la enseñanza de la sensibilidad de su madre, en la educación que lo formó. No son pocos los pasajes en los que escribe que siente que la vida es un sinsentido y se recuerda infeliz desde su infancia, sin apego a la existencia y sin la conciencia de esperar un mejor futuro: “Desde la infancia nunca me he sentido a gusto, presa de permanentes enfermedades y subsistiendo a fuerza de medicinas”. Obeso, depresivo y violento, desde niño Caraco se enfrentó a la vida recluido en los libros. Observó el mundo desde una ventana, separado por un cristal muy tenue que le impedía tocar la Naturaleza. Por eso le parece aberrante. Por eso su rechazo a unirse a una mujer o a tener hijos:

¡Felices los muertos! ¡Y tres veces desdichados aquellos que, llenos de locura, engendran! ¡Felices los castos! ¡Felices los estériles! ¡Felices aquellos que prefieren la lujuria a la fecundidad! Pues ahora los Onanistas y Sodomitas son menos culpables que los padres y madres de familia, porque los primeros se destruirán a sí mismos y los segundos destruirán el mundo, a fuerza de multiplicar las bocas inútiles.

A la muerte de su madre por un cáncer de laringe, Caraco se sumerge en una introspección vital acerca de ella y él. El padre no importa, o importa poco. Sólo él y ella, como un matrimonio. Su libro Post mortem es el testamento que escribió a la muerte de su madre, a quien amó y odió como nada en el mundo. La relación de Caraco y Cioran con sus madres es parecida. Para ambos la madre es el símbolo de la decrepitud, pero, al fin al cabo, parte fundamental de su personalidad. Dice de su madre: “Me alejó del amor”. “Me impuso el deber se seguir siendo el niño eterno”. Y confesándose, dice: “Me pregunto si la amo y he de responder: No, le reprocho el haberme castrado, realmente muy poca cosa, pero en fin... Me heredó su temperamento y esto es más grave, pues sufría de alcalosis y de alergias, yo las padezco aún más que ella y son incontables mis dolencias y además... además me echó al mundo y yo profeso el odio al mundo”. Desde niño le enseñó que las mujeres que se embellecen ocultan su verdadera naturaleza detrás del maquillaje. Como defensor de un pesimismo suicida, Caraco escribió en una carta a uno de su editores: “Si una mañana mi padre no se despertara, yo lo seguiría de buen grado”. Se rumora que diez horas después de muerto su padre se quitó la vida consumiendo barbitúricos y que se pasó un cuchillo por la garganta, y así accedió a la nada de la que tanto habló. Murió a los cincuenta y dos años.

Schopenhauer, Leopardi, Byron y Nietzsche hablaron del suicidio abiertamente en sus libros, y en los momentos difíciles, al filo del abismo, a un paso del silencio, prefirieron dar la vuelta y enfrentar el mundo como es, sin engaños y tapujos. Cioran y Caraco jugaron con el suicidio y todos los días se suicidaban un poco, con la tentación de no frenarse a la hora de la hora, pero sólo Caraco respondió con un “no” a la existencia.

Cioran y Nietzsche tuvieron padres teólogos y fueron ateos; Schopenhauer y Nietzsche perdieron a sus padres a temprana edad y los amaron aunque los hayan conocido poco, despreciaron a sus madres y nunca pudieron mantener una relación amorosa con ninguna mujer más allá de lo superficial; ambos vivieron con sus madres y hermanas, y sufrieron su presencia. Leopardi y Caraco tuvieron madres sobreprotectoras y tiranas que los introdujeron en una concepción pesimista de la vida; se mantuvieron alejados del sexo, no por elección sino por imposición del destino. Nietzsche y Schopenhauer se acercaron a las prostitutas y en sus intentos por concretar un matrimonio fracasaron; el rechazo de sus amantes tiró por tierra sus sueños. Los seis pesimistas profesaron el tedio de la vida, el aburrimiento infernal de existir sin gozar la existencia, y se consolaron con la escritura como forma subalterna de la vida, quizá la única en la que realmente encontraron espacio para sus personalidades extravagantes y tragicómicas. Byron, el más afortunado de ellos en el amor, vivía como un poseso al que ni ninguna mujer lo dejaba satisfecho, sempiternamente huérfano en el mundo. Un aburrimiento de sí mismo y de las mujeres lo orillaba a meditar pestes metafísicas. Byron se sentía obstaculizado por una pierna mal formada, Leopardi por su joroba y sus padecimientos de salud, Schopenhauer por su joroba y su cuello corto, Caraco por su dependencia a los medicamentos al igual que Nietzsche, Cioran por su insomnio y su desesperación. Deformes y patológicos, tenían razones para expresarse como se expresaron; son ejemplos de vidas que se enfrentaron a las contingencias que los rodearon; rozaron el misticismo y finalizaron en el ateísmo. Quizá todos ellos podrían decir lo que escribió Nietzsche en Ecce homo: “Lo que no me mata, me hace fuerte”. O, en su defecto, lo que dice Caraco de sí mismo: nada se pierde si desaparezco. La vida de los pesimistas con sus madres y su relación con las mujeres es fascinante. Ninguno procreó, como si con ese acto libraran del infierno de la existencia a sus hijos, un malestar que sus propios padres les hubieran evitado. Hay que pensar dos veces antes de actuar.

La correspondencia entre vida y pensamiento que se le exige a los filósofos es la coherencia que debe haber entre la verdad y la sabiduría. Pero los pesimistas, más que sabios, eran misántropos que se autoflagelaban con su soledad y amargura. Y también de ellos sacamos sabiduría: una lección de vida que la pasividad no puede darnos. Si algo hay que resaltar por encima de todas las cosas es la fuerza de su voluntad para canalizarla en la creación literaria y filosófica. Schopenhauer, Nietzsche y Cioran han alimentado a generaciones de lectores que ven en sus filosofías un abismo habitable.

Los elogios y vituperios prodigados a su personalidad son parte de las leyendas que viven de los aciertos y defectos, como todo lo que es humano. La impostura, el común denominador de la condición humana, es la norma. Sin embargo, estos pesimistas, sinceros ellos mismos, hicieron de su parodia materia de arte. Sus vidas son retratos que, como los antiguos filósofos, nos despiertan la indagación filosófica, y eso es más que suficiente para que se mantengan vivos.

Referencias Bibliográficas

– Caraco, Albert, Breviario del caos, Sexto Piso, México, D.F, 2006. Trad. Rodrigo Santos Rivera.



—, Post mortem, Sexto Piso, México D.F, 2006. Trad. María Virginia Jaua



– Cioran, E.M., Conversaciones, Tusquets Editores, Barcelona, 2005. Trad. Carlos Manzano.



—, Cuadernos 1957-1972, Tusquets Editores, Barcelona, 2012. Trad. Carlos Manzano.



— Silogismos de la amargura, Tusquets Editores, Barcelona, 2007. Trad. Rafael Panizo.



– Citati, Pietro, Leopardi, Barcelona, El acantilado, 2014. Trad. Juan Díaz de Atauri



– Byron, Lord, Obras escogidas, El Ateneo Editorial, Buenos Aires, 1951. Trad. F. Villalva y José Alcalá Galeano.



– Leopardi, Giacomo, Cantos, Barcelona, RBA Editores, 1994. Trad. Diego Navarro.



– Moreno Claros, Luis Fernando, Schopenhauer. Una biografía, Editorial Trotta, Madrid, 2014.



– Safranski, Rüdiger, Nietzsche. Biografía de su pensamiento, Tusquets Editores, Barcelona, 2004. Trad. Raúl Gabás.



—, Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía, Tusquets Editores, Barcelona, 2008. Trad. José Planells Puchades.



– Schopenhauer, Arthur, El mundo como voluntad y representación, V.II, Alianza Editorial, Madrid, 2010. Trad. Roberto R. Aramayo.



—, Epistolario de Weimar, Valdemar, Madrid, 1999. Trad. Luis Fernando Moreno Claros.



—, Parerga y Paralipómena, V. II, Editorial Trotta, Madrid, 2009. Trad. Pilar López de Santa María.


Alejandro Beteta
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  • Consejo editorial

Oaxaca, 1990. Estudió Humanidades en IIHUABJO. Es editor y ensayista. Correo-e: bufalott@hotmail.com

Fotografía de Alejandro Beteta

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