Columna Semanal
06 de septiembre del 2017

Escribir es una palabra que para mí significa una derrota anticipada. La escritura no suprime la soledad, el silencio ni el dolor. Acaso es una manía que se adhiere a mis dedos para no devorarme a mí misma. ¿Un refugio? Suena demasiado pernicioso. La escritura es el único lugar en donde nuestros más nobles y asquerosos sentimientos, pensamientos y deseos se muestran tal y como son. Escribir es el acto reflejo de nuestra condición. Tan mundana y tan humana. Yo no sé por qué sigo escribiendo en un lugar en donde las palabras funcionan más para alejarnos que para unificarnos, que para entendernos. ¿Acaso esto no es un absurdo? Sin embargo, la literatura en el fondo también es una impostura. No sabemos nada de nosotros mismos antes de escribir, pero tampoco sabemos si después de haber realizado tal operación es real eso que decimos ser. “Escribir es defender la soledad en que se está”, dice María Zambrano. Ella apuesta por la revelación que hay en la escritura; darle continuidad al pensamiento en busca de la verdad. La lectura, en su otra cara, en su complemento necesario de la escritura, también es una manera de defender la soledad en la que estoy. Esa isla llamada literatura es una exigencia del espíritu, una exigencia en donde convergen nuestros pensamientos, dudas y miedos. La literatura es un gran abrazo en esos silencios largos y solitarios.

Como es natural, la escritura es un monstruo de dos cabezas que me rasguña en la oscuridad; una cabeza representa el infierno de las palabras ausentes, de la falta de voluntad, del fracaso inmediato; la otra es el monstruo de la complicidad, de saber que en algún lugar, alguien ha reparado en nuestras palabras, sacudiéndose el alma, respondiendo con un abrazo mental. La literatura es en realidad un juego de complicidades. Por eso leer es mi actividad favorita. Trazar la ruta geográfica en donde hombres y mujeres proyectaron lo mejor de sí mismos, porque la literatura no puede ser otra cosa que el testimonio de nuestra eternidad, de trascender nuestra miserable existencia. Alzo la vista y miro las estrellas resplandecientes. Los libros que poseo (y que guardo recelosamente como mi única propiedad) son más que un objeto con cientos de hojas numeradas, son mis recuerdos ordenados, mis manuales de sobrevivencia. En cada una de sus frases hay una sombra mía que buscó (y sigue buscando) respuestas. La lectura más que un placer, se vuelve una necesidad, una obsesión que me libra del abismo al que estamos tentados siempre a arrojarnos sin premeditación. Que alguien se atreva a contradecirme y decir que la lectura no es también ese otro precipicio que nos lanza a nosotros mismos una y cientos de veces más. ¿Al fin, cuál es el fin último de la literatura, sino ese que nos muestra nuestro propio rostro?

Tal vez esté abusando de esta atmósfera nostálgica que la música de Fréderic Chopin me ha envuelto. Este compositor polaco siempre me hace pensar en aquella frase que dijeron sobre Iván Turguénev: “Era el más triste de los hombres.”. Lo dijo una mujer que lo despreció y jugó con él. A veces quisiera saber cómo llego a encontrar estos datos sobre la vida íntima de los escritores, en especial con sus amantes. Turguénev en sus retratos no me parece un hombre atormentado, pero al leer sus cuentos, noto esa fina descripción de soledad y de tristeza. Murió el 3 de septiembre a los sesenta y cuatro años de cáncer de médula espinal. Pese a no saber nada de este compositor polaco, disfruto mucho su música. Hace imaginarme los lugares más bellos y más desolados también. A veces la literatura tiene otras formas de disfrutarse. Habría que observar nuestra cotidianidad para romper con ella y encontrar poesía y pensamiento en el lugar menos pensando. “Se tiene que aprender de múltiples fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de la pintura, y muy importante de la mera observación cotidiana.” Truman Capote.

Perla Muñoz
  • Consejo editorial

Oaxaca de Juárez, 1992. Escritora y cuenta cuentos.

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