México
11 de noviembre del 2016

El semblante de la criatura es difícil de olvidar. Su aspecto remite a un ser arcaico, propio de un mundo perdido o de una película de ciencia ficción. Perturbador como pesadilla de infancia. Extraordinario cual invención de Julio Verne. Portentoso, milagroso, deidad precolombina. Una inquietante bestia acuática, endémica del gran valle central del Altiplano mexicano, que posee la llave a los secretos de la eterna juventud y el don de la regeneración corporal extrema. En suma, un organismo tan singular que, si no existiera en la naturaleza, probablemente figuraría dentro de la zoología fantástica de Borges.

En términos generales se denomina ajolote a todas las larvas de los caudados. Existen tantos ajolotes distintos como especies de salamandras: más o menos unos seiscientos setenta tipos diferentes. Sin embargo, para fines del presente texto nos referimos a uno en particular, al ajolote de Xochimilco, axolotl o Ambystoma mexicanum, el único que pasa toda su vida siendo ajolote. Y es que esta especie, a diferencia del resto de sus parientes cercanos, no realiza la metamorfosis. En cambio, presenta la peculiaridad de ser capaz de reproducirse sin atravesar por los pasos necesarios —típicos de los demás miembros del grupo— para llegar a la etapa adulta; rasgo conocido en biología como ““neotenia”” Retiene así los caracteres larvarios durante toda su existencia, o, si se prefiere, es como un niño perenne, una “Lolita” eterna. Peter Pan sí existe, pero, en lugar de volar por el firmamento del País de Nunca Jamás, se arrastra por los suelos lodosos de Xochimilco.

El otro aspecto fisiológico llamativo y fascinante de estas gentiles fieras del pantano es su capacidad regenerativa. Ante la necesidad, cuentan con la posibilidad de renovar su anatomía a voluntad. Vuelven a crecerles miembros perdidos, duplican extremidades, hacen emerger de su cuerpo branquias, ojos, cola, lengua y hasta mandíbulas extraviadas. Y lo pueden hacer tantas veces como sea necesario. Uno podría amputar, por ejemplo, la pata izquierda de un individuo en repetidas ocasiones y, en cada instancia, el animal la generará nuevamente. Además, el evento no deja tras de sí huella alguna, no hay cicatriz remanente del proceso; el tejido, o mejor dicho, los tejidos, se restablecen de forma perfecta. En algunos experimentos se ha demostrado que el Ambystoma mexicanum incluso es capaz de regenerar la mitad completa de su cuerpo. Siempre y cuando el cerebro y la mayoría de la espina dorsal sean conservados, el organismo volverá a generar todos los apéndices perdidos. En el mundo de este anfibio la trama de El vizconde demediado de Italo Calvino encuentra su final de manera estrepitosa.

Al observarlo flotando en el agua se tiene la sensación de que la evolución con él se portó un poco más imaginativa que con el resto de los seres vivos, moldeando a través de los años a un ente casi surrealista, absurdo como fantasía de Lewis Caroll. La enorme boca y ojos diminutos sugieren que está condenado a vivir de buen humor y el conspicuo penacho de branquias que se dispara por detrás de su cabeza ovoide lo asemeja a un dragón chino. En un primer acercamiento los ajolotes sugieren una tranquilidad casi pasmosa. Una quietud digna de pieza arqueológica. Suspendidos en el fluido emulan a la perfección el concepto de la ingravidez. Sin embargo, estamos ante una impresión un tanto acotada de su personalidad. La concepción equívoca de su letargo perenne, se debe, en gran medida, a que son animales de hábitos nocturnos. Lo que implica que la mayoría de testigos presenciales sólo los haya visto en el zoológico mientras duermen. No obstante, al caer la noche, su identidad cambia. Con la llegada de la oscuridad, el pacífico ajolote se transforma en voraz depredador. Forrajea el fondo acuático en busca de cualquier presa que quepa en su boca, son carnívoros generalistas, su dieta incluye insectos, peces, crustáceos, anfibios y caracoles que acecha y engulle con devoción demente. Cuando detecta alguna posible merienda que llama su atención, se abalanza sobre ella con furia; la captura por medio de una succión poderosa y se la traga completa.

En la cosmovisión náhuatl, el ajolote es la encarnación acuática del dios Xólotl, un hermano mellizo de Quetzalcóatl con rasgos monstruosos, producto del nacimiento gemelar. De acuerdo con la Leyenda del Quinto Sol, Xólotl le tenía miedo a la muerte y buscaba a toda costa huir de ella mediante sus poderes de transformación. La saga narra que el destino del mundo estaba en grave peligro a causa de que el Sol y la Luna no se movían; lo que vaticinaba una catástrofe segura. Los dioses tomaron la resolución de ofrecerse en sacrificio para renovar el movimiento astral. Sin embargo, el cobarde dios Xólotl se rehúso a confrontar su destino y trató de zafarse burlando al verdugo. El dios prófugo primero se escondió dentro de la milpa, donde se convirtió en una planta de maíz de dos cañas. Pero el verdugo dio con él. Al ser descubierto, Xólotl echó a correr nuevamente hasta que alcanzó un campo con magueyes y se transformó en un agave de penca doble o mejolote. Pero el disfraz no sirvió por largo rato y una vez más el verdugo lo encontró. Xólotl saltó al agua en un intento desesperado por conservar su vida y adoptó la forma de una criatura acuática, un casi pez, un monstruo del pantano llamado axolotl. En esta forma logró evadir el sacrificio por algún tiempo, pero el verdugo no desistió hasta que lo localizó y finalmente lo mató.

En su emblemática obra Cosas de la Nueva España Fray Bernardino de Sahagún relata sobre el ajolote: “y es carne delgada muy más que el capón y puede ser de vigilia. Pero altera los humores y es mala para la incontinencia. Dijéronme los viejos que comían axolotl asados que estos pejes venían de una dama principal que estaba con su costumbre, y que un señor de otro lugar la había tomado por fuerza y ella no quiso su descendencia, y que se había lavado luego en la laguna que dicen Axoltitla, y que de allí vienen los acholotes”.

En Historia antigua de Méjico, Francisco Javier Clavijero aporta sobre él: “su figura es fea y su aspecto ridículo”. Y agrega: “Lo más singular de este pez, es tener el útero como el de la mujer, y estar sujeto como ésta a evacuación periódica de sangre”. En aquel momento se pensaba que las hembras de ajolote menstruaban, percepción herrada probablemente debida a Francisco Hernández, que aseguraba: “tiene vulva muy parecida a la de la mujer [...]. Se ha observado repetidas veces que tiene flujos sanguíneos como las mujeres, y que comido excita la actividad genésica”.

Quizás el primero en desmentir varios de los supuestos acuñados hasta entonces fue el científico José Antonio de Alzate, que cuestionó las aseveraciones de Clavijero con respecto a la vulva de la hembra del ajolote y que, tras realizar algunas disecciones, concluyó que definitivamente no producía menstruación alguna.

El misterio del ajolote representó un enigma que suscitó grandes debates entre los naturalistas clásicos. Fue Alexander von Humboldt quien, al regresar de sus expediciones por México alrededor de 1804, entregó al afamado zoólogo francés Georges Cuvier dos ejemplares conservados en formol para que los estudiara. Cuvier realizó una disección exhaustiva y publicó uno de los primeros estudios en forma sobre el extraño anfibio. Sin embrago, no atinó a resolver el acertijo biológico, pues fiel a la disciplina de la anatomía comparada, no fue capaz de valorar al ajolote como un adulto y concluyó que se trataba de la larva de una gran salamandra desconocida.

No fue hasta 1864, durante la Intervención francesa en México, que los científicos europeos tuvieron ajolotes vivos a su disposición. Auguste Dumeríl, un discípulo de Cuvier, recibió los ejemplares, los colocó dentro de acuarios, cuidó de ellos y consiguió que la mayoría sobrevivieran. No sólo eso, sino que tiempo después, atestiguó con emoción como se multiplicaban y realizó el primer reporte íntegro de la reproducción del ajolote. Pero la suerte quiso que unos años más tarde algunas de las crías nacidas de aquel evento metamorfosearan; lo cual complicó un poco el panorama, pues el pie de cría original permaneció generando descendencia en estado larvario. Cuando parecía que por fin se podría resolver el rompecabezas del Siredon mexicanum, como se le llamaba entonces, el nudo sobre su identidad se hacía más ceñido.

Incluso el célebre paisajista mexicano José María Velasco tomó cartas en el asunto y durante décadas estudió a los misteriosos seres en sus frecuentes visitas a los lagos del altiplano. Se obsesionó con ellos, los pintaba y observaba durante largas horas en su hábitat natural. Llegó a escribir numerosas cartas con sus conjeturas dirigidas a los científicos europeos.

Darwin fue uno de los pioneros en predecir lo que podía estar sucediendo. En 1859 incluyó una anotación al respecto en El origen de las especies, no propiamente sobre el ajolote, sino del mecanismo de propagación que podría estar operando: “Se sabe de algunos animales que son capaces de reproducirse a una edad muy temprana, antes de que hayan adquirido sus caracteres perfectos, y, si esa facultad se llegase a desarrollar por completo en una especie, parece probable que, más pronto o más tarde, desaparecería el estado adulto, y en este caso, especialmente si la larva difiere mucho de la forma adulta, los caracteres de la especie cambiarían y se degradarían considerablemente”. Hasta que finalmente en 1885, Kollmann acuñó el término “neotenia” para referirse a la conservación de los caracteres larvarios durante toda la vida y se puso fin a cientos de años de misterio sobre la naturaleza del ajolote.

La singularidad del ajolote no sólo ha despertado interés para el mundo científico, también un gran número de escritores y poetas han encontrado en su especial fisonomía tema para disertar. No son pocos los que identifican al inocente anfibio con una pulsión sexual y haciendo alusión a su peculiar anatomía fálica lo consideran como un ser casi erótico. Otro pensamiento recurrente en las obras literarias es que el ajolote guarda un parecido marcado con el hombre. No sólo de manera metafórica, sino anatómica; en varios textos se mencionan sus patas, ojos y cabeza como ejemplo de ello.

Probablemente el cuento “Axolotl” de Julio Cortázar, de 1956, sea el más famoso entre las obras de literatura que centran su atención sobre el emblemático anfibio mexicano. En él, el propio escritor vive una época de arrebato por los ejemplares exhibidos en el zoológico de París que visita obsesivamente: “Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar”. Así pasa mañanas y tardes absorto en su contemplación, hasta que se transforma en uno de ellos y el eje de mirada cambia del exterior al interior de la pecera.

Salvador Elizondo también sintió particular atracción por los ajolotes, tanto que mantenía en su casa un tanque con varios ejemplares vivos. En su texto de 1972 “Ambystoma tigrinum”, dice: “Todo en ellos delata una profunda nostalgia del lodo. El habitante ideal de un medio ambiguo: el fango, que no es ni líquido ni sólido, como el ajolote no es ni acuático ni terrestre; ni cabalmente branquial ni totalmente pulmonar, sino ambos o ninguno a la vez”.

Juan José Arreola, por su parte, se refiere en “Ajolote” de 1972 al organismo como: “Pequeño lagarto de jalea. Gran gusarapo de cola aplanada y orejas de pólipo coral. Lindos ojos de rubí, el ajolote es un lingam de transparente alusión genital”.

Y José Emilio Pacheco aporta en “Acrosoma” del 2009: “Ni pez ni salamandra, ni sapo ni lagarto, posee rasgos humanoides y es, como nosotros, el habitante quintaesencial de Nepantla, la cuna de Sor Juana, la tierra de en medio, el lugar de nadie, el recinto y tumba de quienes, a lo largo de todas nuestras metamorfosis, tampoco llegamos a la verdad de ser adultos y lo único que sabemos es reproducirnos”.

Otros escritores que han dedicado su pluma al extravagante anfibio son Octavio Paz, Gutierre Tibón, Carlos Chimal, Alberto Ruy Sánchez, Rafael Lemus, Pablo Soler Frost, entre muchos más. En el 2011 el Fondo de Cultura Económica publicó Axolotiada, vida y mito de un anfibio mexicano. Un agradable almanaque editado por Roger Bartra que reúne textos históricos y literarios, intercalados con obras artísticas que tienen a la figura del ajolote como su eje principal.

Para su pequeño tamaño los ajolotes son criaturas relativamente longevas. Bajo condiciones óptimas se calcula que en vida libre pueden alcanzar entre los diez y quince años de edad. En cautiverio incluso un poco más, el récord para la especie ronda los treinta años. Pero para llegar a viejos, es necesario que los organismos corran con mucha suerte y que estén al máximo en sus potencialidades. Suerte en el sentido de que su hábitat natural se encuentra gravemente deteriorado. La alarmante contaminación y desecación de los canales de Xochimilco representa, sin duda, el mayor desafío para la esperanza de vida de estos animales; se ha propuesto incluso que, hoy en día, es infrecuente que los ejemplares que habitan en libertad lleguen a su quinto cumpleaños. No obstante, el brutal impacto sobre su ecosistema no es el único obstáculo que deben superar. Si el singular anfibio pretende llegar a la tercera edad, primero se verá forzado a evadir los ataques frecuentes de múltiples depredadores. Algunos de ellos naturales a su entorno; muchos otros, como la carpa y la tilapia, introducidos por el humano. Y en su ardua lucha por la supervivencia incluso tendrá que librarse de nosotros como especie. Evitar caer en las redes que lo cazan para convertirlo en taco, mascota o ejemplar de laboratorio.

De 1998 al 2008 la densidad poblacional de estos organismos decreció de aproximadamente seis mil individuos por kilómetro cuadrado, a menos de cien. Y se estima que actualmente la población total de la especie en vida libre es menor a mil; algunos investigadores incluso han determinado que no quedan más de un par de decenas. Lo que es seguro es que su extinción es inminente y, a menos que se tomen acciones concretas para su conservación y la de su entorno, la amenaza de que el pequeño monstruo del pantano mexicano pronto desaparezca por completo es sumamente seria. Y con ello la humanidad estaría perdiendo a uno de los seres vivos que más la han cautivado e intrigado.

Frases
Andrés Cota Hiriart
  • Escritores invitados

D.F., 1982. Biólogo que, tras un breve romance con el cine, aterrizó en las letras. Su aproximación literaria a la ciencia se publica en VICE, Mutante, Límulus, Pijama Surf, ¿Cómo ves? y El ideógrafo.

Fotografía de Andrés Cota Hiriart

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