Argentina
09 de febrero del 2017

Schopenhauer escribió sabiamente en su Parerga que cuando uno compra libros, debería también comprar tiempo para leerlos. Incluso, el nacido en Danzig rechazó vivir en Berlín no sólo por la mezquindad de sus habitantes, sino porque le parecía un peligro considerable el arruinarse en la compra de libros. Un vicio que comprendo, en ocasiones a mí pesar; por encarnarlo. Deudas que todavía veo impagables a sendos bancos franceses encontraron su génesis en paseos demasiado permisivos por los anaqueles de las librerías de Saint Michel. Me apacigua, sin embargo, el tiempo de barbarie que corre actualmente. Los ignaros bancarios no embargan libros y delincuentes comunes no los imaginan siquiera como un botín de consolación al perpetuar un atraco.

Los únicos peligros reales que preocuparían a un acumulador de libros serían: el fuego (un mal demasiado romántico para nuestra época); otros amigos lectores que hurtan los volúmenes más preciados con el pretexto de leerlos, y por último las mujeres con las que uno pretende hacerse el interesante con vistas a seducirlas (en cuanto a mí me concierne, nunca he visto a una mujer heterosexual regalar una buena novela a un hombre para intentar hacerse de su cuerpo, así que la limitación de género me resulta válida). También existe el delirio del Sensei, que lleva al coleccionista de libros a la fantasiosa conclusión de que regalar libros a personas más jóvenes o casi analfabetas tendrá algún efecto interesante. No se equivoca, puesto que, aunque el libro en cuestión se vuelva un acumulado de polvo y olvido, la parte más noble del oficio consiste en no enajenarse con el acaparo de volúmenes, sino entregarse primordialmente a la voluptuosidad de la búsqueda.

En lo personal, debo a esta actividad un par de experiencias memorables. Para no acaparar el espacio con anécdotas, sólo contaré una, con suma brevedad. Hace un par de años tuve la extraña suerte de conseguir que el gobierno francés me pagara un viaje a Grecia. No se trataba de una excursión universitaria, ni siquiera de un paseo cultural, sino de una especie de limosna destinada a los estudiantes pobres que radicaban en París y no tenían dinero suficiente para vacacionar. Yo, por esos días, no tenía efectivo suficiente siquiera para pagar la renta, pero tomé el viaje como un augurio de los dioses helénicos por atraerme a una muerte dulce y cálida en el corazón del mediterráneo. El avión, como era obvio, no quedó sepultado en los reinados de Poseidón, sino que aterrizó en una Atenas que se encontraba paralizada por una huelga general. Eran momentos de gran revuelo social. Mientras mis compañeros de viaje (unos simpáticos, aunque un tanto enajenados estudiantes musulmanes de las afueras de París) optaron por recluirse en el hotel all inclusive que ofrecía el paquete turístico que nos fue otorgado, yo vagaba por aquellas calles llenas de gente, internándome en los resquicios de aquella ciudad tan modesta en sus construcciones contemporáneas como gloriosa en las antiguas.

Una de las primeras actividades que realicé en la ciudad, después de salir del metro Monasteraki, fue precisamente internarme en una librería de viejo. Como el canoso librero no hablaba más que ruso y griego, sólo pude hacerle entender el nombre del autor que buscaba: Kavafis. El librero se empeñó en darme una explicación larga a pesar de que seguramente se percataba que yo no entendía nada; las clases de griego que tomé en la universidad parecían el influjo de un sueño de alguna reencarnación antigua. En ese momento, apareció un chico joven, rubio y de cabello ligeramente ensortijado, la viva imagen que tengo del efebo Alcibíades, el apuesto discípulo de Sócrates. Se llamaba Akis, y me dijo en un inglés bastante fluido que el librero trataba de explicarme que no tenía por el momento libros de aquel autor, pero intentaba indicarme donde podía encontrarlos. Cuando supo que era mexicano, le pareció cómica la imagen: un bárbaro del otro lado del Atlántico en busca de poemas que no podría leer sobre un autor griego que casi no conoció Grecia (nació, vivió y murió prácticamente en Egipto) en medio de un caos social sin precedentes en la Europa del nuevo siglo. Pero más le llamó la atención que también fuera, el nacido en Alejandría, su poeta preferido. Me ofreció llevarme a un lugar en donde podría encontrar ediciones bilingües, así como servirme de guía en la noche ateniense. Me preguntó por la longitud de mi estadía (cinco días) y me dio su número de teléfono. Toda ciudad nos ofrece tan solo una parcialidad azarosa de ella misma cuando hacemos un viaje tan corto, pequeños detalles hacen que cambiemos radi-calmente de opinión sobre un lugar, un país, su presente e incluso su pasado. Gracias a ese chico y a los personajes que conocí a través de él, considero a Grecia como el país de los hombres hospitalarios (aunado a un par de detalles más, como el de ser recibido en cualquier bar o res-taurante con un vaso de agua pura con hielos, o la gran parsimonia para otorgar indicaciones y auxilio a los despistados turistas) al que bien me gustaría llamar casa algún día. Después de dejar un París otoñal, con sus vientos de ferocidad septentrional, las cristalinas playas circundantes y el sol incondicional de mediodía parecían bendiciones arcaicas que me transportaban parcialmente al vientre, a esa Guadalajara en donde rara es la ocasión de pensar en el frío, donde se vive en una constante primavera sin ríos ni mar hasta que las lluvias de verano inundan su provinciana estructura.

Cuando llamé a Akis, su voz era de una alegría genuina. Quedamos de vernos en un barrio genial (del cual por desgracia he olvidado su nombre) donde la juventud festejaba el fin de semana con la sentencia Fuck crisis en la entrada de sendos establecimientos. El ambiente era magnífico, los bares se encontraban poblados de juventud, así como las pequeñas plazas públicas. Todos bebían. Los que estaban en algún establecimiento pedían un par de cervezas (ante el riguroso vaso de agua fría) para luego comprar más en el kiosko y continuar en la plaza. Incluso, algunos bares toleraban después de un consumo somero que sus clientes adquirieran una nueva ronda a precio de calle, mientras que mantuvieran sus envases en el suelo. Respiraba un ambiente de anarquía festiva por doquier, e incluso si mi memoria tiende a idealizar el momento, estoy seguro de haber sido el testigo privilegiado de algo especial, de una solidaridad solar que emanaba de una consciencia cívica antiquísima. Los pormenores del viaje me son tan preciados que me han vuelto un exégeta un tanto cansino con mis interlocutores habituales, así que me limitaré a relatar cómo, al final de mi estadía, Akis y su amigo Harris me llevaron a fumar narguile (esta vez incluso los estudiantes musulmanes nos acompañaban) y a brindar con Uzo el encuentro gracias a Kavafis, aquel poeta homosexual retraído, magnífico explorador de la melancolía y el misterio que encierran las contradicciones inherentes a la existencia. Mis muelas del juicio decidieron brotar en aquellos días, y en dolores agudos y fiebre transcurrió uno de los mejores viajes que me han acontecido.

Desde la distancia, el comprador compulsivo de libros y el viajero podrían parecer figuras antagónicas. Por más saludable y fornido que uno se encuentre, cargar con más de tres ejemplares en la mochila hacen de cualquier hombre un camello. Por lo tanto, un viajero sensato limitaría su espacio y fuerzas para objetos más útiles, como comida enlatada o un saco para dormir. Sin embargo, creo que cualquier ser humano con una pizca de humanismo en los bolsillos puede darse cuenta que el merodear en los entornos donde duermen encuadernados los hombres sensibles del pasado es también una experiencia capital del viaje. En cada país y ciudad, las librerías nos muestran qué tipos de lectores allí albergan. París, por ejemplo, es el ejemplo editorial más abrumador que he visto. Libros por doquier: tirados en las aceras, olvidados en la lavandería o desechados en los mercados, cual fruta demasiado madura. Allí, incluso las grandes cadenas comerciales libreras mezclan ejemplares nuevos con usados (casi a mitad de precio) y uno puede encontrar rarezas invaluables en la sección de soldes por menos de lo que cuesta tomar un café au salle. Es una gran ciudad para hacerse de libros, pero retomando al escéptico decimonónico alemán, en tal lugar poco tiempo habrá para leerlos. Por lo tanto, el sueño de aquel que ya tiene más libros que vida para leerlos (si éste se interesa verdaderamente por lo que hay dentro de ellos) es el de encontrar una ciudad amable, barata y un tanto aburrida para internarse en ellos sin la sensación de estar perdiéndose de mucho fuera de su casa. Esto podría tomarse como una pretensión intolerable, pero si ello sirve de pretexto para permitir un viaje alrededor de mi cuarto a la Xavier De Maistre, será perdonada tal ingenuidad como una santidad inducida. Para reiterar en estúpidas imágenes propias, me gusta imaginar los libros que poseo como un harem medianamente móvil. Si Jerjes, el emperador persa de la antigüedad, tenía una concubina por cada día del año, no puedo más que envidiarlo a través de los siglos; tengo en cambio ejemplares misteriosos que sólo piden tiempo y algo de pasión para ser explorados. Un placer que se encuentra cercano al habitarse, pues la literatura no es sino un pretexto sugestivo para mirar hacia dentro. Somos, también, lo que otros fueron e intentaron, lo que fracasaron y la manera en la que lidiaron con la enfermedad y la muerte. Es cuestión de leer entre líneas, tanto en los textos como en la vida. Michel Onfray postula que la literatura sirve a la vida como la vida sirve a la literatura. En aquella concatenación, la experiencia estética y el arte en general cobran sentido. Sin ella, la literatura, como las demás artes, no sería más que el cementerio de las vanidades humanas conglomeradas. Hay novelas que se comienzan con la liviandad de un capricho y terminan siendo tan relevantes como una suerte de invasiones visigodas en el recorrido del lector. Recuerdo cuando compré Memorias del subdesarrollo de Edmundo Desnoes, como una forma de escapar al hastío que me generaba trabajar en un videoclub homosexual clandestino en el centro mi ciudad natal. Una de sus frases iniciales: “Llevo años diciéndome que si tuviera tiempo me sentaba y escribía un libro de cuentos y llevaba un diario para saber en realidad si soy un tipo superficial o profundo. Porque uno no para nunca de engañarse. Y sólo podemos escribir la vida o la mentira que realmente somos. Ahora tengo ganas de volverme a tirar a la cama.”, se convirtió en un bálsamo a mi condición, una incitación a la búsqueda propia. Otros hombres han también vivido, y han dejado huellas de tan extraño oficio. Con algunos de ellos compartimos una afinidad sentimental inexplicable, a otros los vemos como una espe-cie curiosa dentro de la vasta fauna humana.

La selección de aquellos extraños compañeros de viaje se verá impulsada por el gusto, la sensibilidad y sobre todo por la suerte. Es el azar también un dios poderoso que empuja íconos a nuestros panteones. Lecturas que ahora me son entrañables me han caído literalmente en la cabeza tras hurgar en la biblioteca de un camarada en una noche de insomnio, o en una visita distraída por los anaqueles de una biblioteca. Son acaso como los buenos amigos, que llegan sin aviso, y que hacen del curioso y desgarrador oficio de existir, en ocasiones, un banquete.

Guillermo de la Mora Irigoyen
  • Escritores invitados

Jalisco, 1989. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad de Guadalajara y en La Sorbonne de París. Actualmente traduce literatura francófona y coordina la colección de traducciones de la editorial Moho.

Fotografía de Guillermo de la Mora Irigoyen

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