Mujeres
29 de octubre del 2018

Durante el siglo XIX a la mujer —ante el ánimo positivista y nacionalista, y desde el ámbito familiar y doméstico— le es conferido el rol de regenerar hábitos morales y fomentar un amor a la patria. Con la burguesía, como estamento consolidado dentro de la sociedad hispanoamericana, surge el arquetipo de “el ángel del hogar”, o de la mujer burguesa idealizada bajo la forma de criatura asexuada, inocente, sumisa, dulce, con una enorme capacidad de amar, perdonar y consolar.

El “ángel del hogar”, reflejo de grandes virtudes, es retratado en los cuadros de Manuel Ocaranza en forma de mujeres vestidas de blanco, generalmente mirando inocentemente una azucena. En el cuadro se hace evidente el símil: de la blanca azucena no sólo se resalta la belleza de la flor, o el deslumbrante milagro de la vida, sino también la presencia del espíritu eterno que se hace presente en la materia, tópico extraído de la poesía barroca; pero, al mismo tiempo, los cuadros del pintor orizabeño reflejan de manera simbólica, ante la cercanía de un colibrí, la corrupción de la lozanía, de la pureza. Así se anticipa a advertirnos la condición perecedera de los objetos. Las mujeres retratadas por Ocaranza pertenecen, sin duda, al ideal romántico: pálidas, ojerosas, casi etéreas, encubiertas por blancas y abundantes enaguas.

Las mujeres que poblaron las letras de los poetas románticos fueron, sin duda, seres ultraterrenos, idealizados bajo formas sublimadas. Heine en sus Lieder retrata fémeninas vestidas “de sonante espuma, /y como fresca rosa, / la divinal hermosa / brilla, encanta y perfuma. / Cúbrela tenue velo / de vaporosas joyas adornado, / y la áurea cabellera en rizos suelta, / en ondas baña su figura esbelta; / brillan sus ojos con la luz del cielo”. Asimismo, en “Rima XI” del Libro de los gorriones de Bécquer descubrimos a mujeres efímeras que son también el ideal del poeta: “Yo soy un sueño, un imposible, / vano fantasma de niebla y luz; / soy incorpórea, soy intangible; / no puedo amarte”. “Oh, ven; ven tú!”. Este modelo de mujer idealizada fue reproducido también en los versos de los poetas románticos mexicanos: Manuel M. Flores, Manuel Acuña, Ignacio Manuel Altamirano, Agustín F. Cuenca, entre otros.

El cambio se da a partir de los primeros modernistas. Desde Colombia José Asunción Silva será quien se burle de la idealización del amor cuando nos dice, por ejemplo, en su poema “Luz de Luna” (nótese la referencia a Bécquer): “A su pecho no vino un suspiro, / a sus ojos no vino una lágrima, / ni una nube nubló aquella frente / pensativa y pálida”. Pero, sin duda fueron las mujeres de letras quienes subvirtieron todo orden en esa casa gobernada por el “ángel del hogar”.

Nacida en Amecameca, Estado de México, Laura Méndez de Cuenca (1853-1928) se encuentra entre las pioneras en cambiar el paradigma de mujer que habitó el periodo finisecular del siglo XIX al siglo XX. Laura Méndez fue autora de cuentos, crónicas, cartas, reportes educativos y poemas publicados de forma dispersa en periódicos y revistas. En su obra se reflejan episodios de su intensa vida como “amante, estudiante, esposa, viuda, maestra, editora, cronista, viajera y partidaria de la Revolución, dando muestras de una actividad literaria sólida y excepcional en cada uno de los géneros en que incursionó”, dice el estudioso de su obra Pablo Mora. Fue compañera sentimental de Manuel Acuña, pero mientras él reza en su famoso Nocturno: “los dos una sola alma, / los dos un solo pecho, / y en medio de nosotros / mi madre como un Dios”, ella contesta en su poema titulado “Adiós”: “Adiós: es necesario que deje yo tu nido; / las aves de tu huerto, tus rosas en botón. / Adiós: es necesario que el viento del olvido / arrastre entre sus alas el lúgubre gemido / que lanza, al separarse, mi pobre corazón”.

Lo que define la obra de Laura Méndez es su particular enfoque para abordar diversos temas, algunos intimistas, otros anecdóticos, otros más, clásicos. “Ansia de muerte” es uno de los sonetos en el que trata la congoja sentimental y moral; su estructura rímica es: ABBA / ABBA /CDC /DCD. A continuación lo transcribo:

Cuitas, dolores que jamás redimen

de la falta de ayer, tal es el mundo.

El espíritu, enfermo y vagabundo,

busca fin a las dichas que lo oprimen.

¿Por qué implacable ley, lo mismo gimen

el réprobo y el niño en mal profundo?

¿Por qué es triste el adiós del moribundo,

inconstante el amor, fácil el crimen?

El alma, por el tedio carcomida,

cerrado el corazón al sentimiento,

vertiendo sangre la incurable herida…

¡Oh, muerte! ¡Ven! Y acábese el tormento,

¡ay!, que agobia el azote de la vida

y duele sin piedad el pensamiento.

La primera cuarteta muestra la concepción que el yo poético ostenta acerca del mundo: una visión trágica y funesta. Debido a dicha noción: “El espíritu, enfermo y vagabundo, / busca fin a las dichas que lo oprimen”. Reparemos en la antítesis empleada: “las dichas oprimen”.

La siguiente cuarteta incluye un par de interrogaciones retóricas hacia ciertas injusticias e inconsistencias presentes en la existencia humana. Cuestiona ¿por qué lloran de la misma manera tanto el criminal como el niño? Enseguida dice: “¿Por qué es triste el adiós del moribundo, / inconstante el amor, fácil el crimen?”. Hay en estas preguntas desasosiego; la vida paradójica se muestra en sus extremos y en sus vaivenes. Los tercetos nos aproximan con mayor hondura al sentir del yo poético ante tales circunstancias. En el primer terceto aparece el alma —entendida como principio de la sensibilidad— lastimada y con hastío; ante ello, en el siguiente terceto se deja escapar una queja dolorosa ante la vida que azota con ímpetu agreste mientras el pensamiento clava sus espinas; de esta manera el yo poético clama por la presencia de la muerte.

Leer los poemas de Laura Méndez es siempre una aventura intensa; en ellos encontramos notas acentuadas del romanticismo, así como de un modernismo en ciernes. A pesar de no estar compilada en la gran mayoría de los anales de historia literaria mexicana, sin duda Laura Méndez de Cuenca, como bien señala el estudioso Pablo Mora, fue una mujer “que antepuso siempre la inteligencia ante la certidumbre temprana de la muerte y la desdicha, pero también la mujer que, como un vaso comunicante, supo conectar y trascender un mundo íntimo, originario —a veces rural—, de fuertes trabas sociales, con un mundo de cambios y universal”.

Otra poeta sui generis que vivió también durante el periodo finisecular del siglo XIX al siglo XX, fue la uruguaya María Eugenia Vaz Ferreira (1875-1924), a quien le tocó de manera más directa la influencia del modernismo. Es muy escaso lo que se conoce de la poeta uruguaya. El silencio impuesto por su hermano Carlos luego de su muerte y la desaparición de todos sus papeles, a excepción de algunos cuadernos que tenían originales de sus versos, hacen difícil cualquier afirmación sobre su vida y su obra. De su obra sólo se conoce el poemario póstumo La isla de los cánticos, publicado en 1925.

Se sabe, sin embargo, que por ser mujer no pudo participar en las tertulias de sus contemporáneos, ni en La Torre de los Panoramas de Julio Herrera y Reissig, ni en el Consistorio del Gay Saber de Quiroga. A pesar de ello, debido a que provenía de una familia de la alta burguesía, lee tempranamente a Heredia, a Baudelaire, a Darío, a Díaz Mirón y a Nietzsche. Son su alimento intelectual de esos años.

Tampoco dentro de su casa se sentía comprendida. Mientras “Delmira Agustini cuenta con el apoyo incondicional de un padre que pasa en limpio cuidadosamente sus poemas, y con una madre autoritaria pero convencida del genio de su hija” —escribe Susana Larre—, María Eugenia Vaz Ferreira está sola; vivía únicamente con su madre, quien le tenía prohibido escribir.

En el poema “Hacia la noche” podemos notar lo angustioso que le resulta lo cotidiano al yo poético; de ahí su deseo de huir de su realidad inmediata y el elogio al silencio y a la soledad nocturna:

Oh noche, yo tendría

una palma futura, desplegada

sobre el gran desierto,

si tú me das por una sola noche

tu corazón de terciopelo negro,

y yo, al compás de su morena sangre,

canto con las ondas beatas el sacro silencio.

Mi canto será vivo

sólo por el deseo

de serenar la cotidiana angustia…

Oh noche, yo te quiero

sin el fulgor de luminosos astros,

sin marinos clamores

y sin la voz que finge

en los cráneos sonoros el rumor de los vientos…

Oh dulce noche mía, ¡oh dulce noche!

Aunque el glorioso pájaro del alba

rompa después mi lapidario ensueño,

un polvo de inquietud arda en mis ojos,

y me seas de nuevo

sólo una palma antigua, replegada

sobre el gran desierto.

La noche simboliza las negaciones a las que llega el pensamiento racional, la consiguiente angustia ante la nada y la nada misma, el no ser. Por lo tanto, la noche es un sitio en el que no se vive, en el que el alma retorna a esa nada de donde ha surgido primigeniamente. Aunque al amanecer la vida retorne, y en esta parte final del poema la luz, el amanecer, sea la vida, se tiene a la noche para morir y escapar de “la cotidiana angustia”.

Es en esta quietud en la que puede estar sin ser observada; hasta los astros ahuyentan la calma con su fulgor; esta quietud sólo la posee la de corazón de terciopelo negro, es decir, la noche: “Y de esa soledad suya sobre la tierra, nace el amor de la gran desterrada por la Noche, hermana del sueño y de la muerte, bajo cuya fulguración de fuegos remotos se alzan sus manos que nunca tocarán la carne de la vida”, dice Alberto Zum Felde.

Al revisar una mínima parte de la poesía de estas dos mujeres excepcionales, he querido destacar sus cualidades literarias; una de ellas es el dominio de los recursos poéticos, así como también la manera de plasmar su universo interior en diálogo con sus propias inquietudes filosóficas.

Referencias Bibliográficas

– Larre, Susana: “Delmira Agustini”, en Mujeres uruguayas, T. I. Montevideo: Punto de lectura, 2005.



– Méndez de Cuenca, Laura: Impresiones de una mujer a solas. Una antología general. Selección y estudio preliminar Pablo Mora, México: FCE / FLM / UNAM, 2000.



– Vaz Ferreira, María Eugenia: La isla de los cánticos. Pról. Esther de Cáceres. Montevideo: Artigas, 1956.



– Zum Felde, Alberto: “Las poetisas de América. María Eugenia Vaz Ferreira”, en La pluma. Revista mensual de ciencias, artes y letras. Montevideo: año II (1º de julio de 1928), vol. VI, p. 10.

Biaani Sandoval Toledo

Oaxaca, 1986. Es doctorante en Letras y profesora de la UABJO y del CEDART Miguel Cabrera.

Fotografía de Biaani Sandoval Toledo

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