España - México
08 de octubre del 2016

Uno de los escritores más polémicos de la literatura mexicana actual es, sin duda, Leonardo da Jandra (Chiapas, 1951), un hombre puente, pues ha pasado la mitad de su vida en España y la otra mitad en México. Da Jandra es un literato que tiene un profundo conocimiento de la filosofía; ha hecho un método propio, el mismo que se puede leer en su controversial tesis de doctorado titulada Totalidad, seudototalidad y parte (1990; publicado con el seudónimo S.C. Chuco). Entre sus obras más destacadas podemos mencionar sus dos trilogías: Entrecruzamientos (1986, 88 y 90) y la trilogía de la costa: Huatulqueños (1991), Samahua (1997) y La almadraba (2008). Posee dos vertientes: la del ensayo filosófico y la de la narrativa. Entre los libros de filosofía y de ensayo están: La hispanidad: fiesta y rito (2005), La gramática del tiempo (1994) y Filosofía para desencantados (2014). También ha escrito Bajo un sol herido (2001) y Los caprichos de la piel (1996). En la actualidad está realizando novelas de "filosofía ficción", como él las denomina; esta tendencia se puede ver en su libro Distopía (2011), donde las ideas son el tema central de la narración.

Para tener una referencia de Da Jandra, cito lo que dice Guillermo Fadanelli en el prólogo de Filosofía para desencantados: "En México, Leonardo da Jandra no ha tenido los interlocutores que merece y su ánimo guerrero ha causado reticencia hacia su persona, y también reserva debido a los constantes cuestionamientos y duras críticas que hace al estado actual de su sociedad". Pues en una sociedad en donde se privilegia lo superfluo y lo meramente desechable, un pensamiento acucioso, como el de Da Jandra, puede pasar desapercibido para los lectores anodinos y rumiantes, pero no para los buscadores que aprecian lo original por encima de la imitación. Dice Fadanelli: "Pareciera que en México estamos acostumbrados a callar y a juzgar desde el anonimato, o cobijados por la sombra de poderes e instituciones: nos atemoriza la palabra si no va acompañada de buenas maneras, y ponderamos más la amabilidad que la sabiduría". Quizás, al criticar de forma tan incisiva la manifestación cultural hoy en boga de lo políticamente correcto, Da Jandra haya concitado el rechazo de enemigos innecesarios. Pero como afirma Fadanelli: "Nada tan opuesto y extraño al temperamento de Da Jandra, para quien las ideas y la crítica se hallan por encima de cualquier prejuicio cortesano. Yo he sido su amigo durante muchos años y con él he aprendido que la conversación no se da entre argumentos o entidades ficticias, y sí entre personas que han tenido vida, equivocaciones y carácter".

También podemos rescatar lo que Enrique Vila-Matas señala en el prólogo de La gramática del tiempo: "Da Jandra, (es) uno de los más sorprendentes escritores que yo he encontrado en el magnífico panorama de las letras mexicanas actuales. [...] Al que un día vi llegar a Ciudad de México con el propósito de cazar y pescar a los malos escritores que se cruzaran en su camino".

Entrecruzamientos es una obra referencial que debe leer todo mexicano para conocer España y todo español para conocer México. Esta trilogía cumple este año tres décadas de su primera edición, y sus ideales utópicos están más vivos que nunca.

Asistimos, en más de mil páginas, a la narración de nuestra identidad histórica: desde los orígenes de Occidente (Grecia) y los cimientos prehispánicos (Toltecáyotl) hasta nuestros días. Eugenio, el protagonista, harto de la vida académica regresa a México después de sus estudios en La Sorbonne, y encuentra en Playa Tortuga —en el corazón de la selva huatulquena de Oaxaca— a un singular personaje: don Ramón, que lo iniciará en el arte de la pesca, la caza y, sobre todo, en el arte del vivir haciendo énfasis en el método para llegar a la "realización plena". Lo más insólito es que esta transmisión del conocimiento no sucede de la forma clásica maestro-discípulo, como en cientos de novelas; no, en ella un maestro transmite su conocimiento a una pareja: Eugenio y Raga.

Don Ramón, un español enraizado en suelo mexicano, hace de la búsqueda del conocimiento y de la autodeterminación la meta de su vida:

Desde que el hombre tomó conciencia de su ser histórico, la dinámica de su búsqueda vital se ha centrado en dos determinaciones: la primera es lograr la plena autodeterminación; y la segunda es conocer la relacionalidad de las partes con el todo. Varían los métodos y las concepciones sistemáticas, pero el fin de la búsqueda es el mismo, así se trate del sabio platónico, del superhombre nietzscheano o del hombre cósmico.

La consumación del método es el autocontrol: el llegar a tener una voluntad disciplinada para poder alcanzar plena autodeterminación de la vida, o como dirían los sabios nahuas: "tener tu vida en tu mano". Pero adquirir un método en la vida no es tarea fácil, y mucho menos en el mundo en el que nos movemos cotidianamente. Lograr este método supone tener que domar la voluntad y encauzarla. Al principio cuesta enormidades, se sufre por no lograrlo plenamente; pero una vez que lo logras y haces del método y de la vida un todo armónico, como dice don Ramón en la novela, adquieres un dispositivo que controla de manera total tu actuar. Pero para alcanzar esta autodeterminación de la vida es necesario saber metódicamente quiénes somos y de dónde venimos, buscar nuestras raíces, aquello que nos hace actuar como actuamos; en pocas palabras, cuáles son nuestras determinaciones como españoles y mexicanos:

Escindido miticohistóricamente entre las imágenes de la madre protectora (Guadalupe-Tonantzin) y la madre violada (Malinche-Chingada), y las de un padre protector (Hidalgo) y un padre violador (Cortés), el ser del mexicano es ruptura y negación: sabe que ya perdió la pureza india, pero tampoco quiere ser español. Afirmándose en la negación, el mexicano se cierra con obstinación al futuro y busca en el incesante partir de cero el reencuentro mítico con sus orígenes.

Si bien, Samuel Ramos parte de la base de que en el ser del mexicano reside un complejo de inferioridad. ¿Cuál es la causa de este complejo que tiene como rasgos caracterológicos la desconfianza, la susceptibilidad y la agresividad? El desconocimiento del límite entre el querer y el poder. Para Ramos la superación de la autonegación esencial del mexicano sólo es posible con base en dos decisiones fundamentales: una, que el mexicano practique con honradez y valentía, y auxiliado con las herramientas del psicoanálisis, el consejo socrático del "conócete a ti mismo"; y dos, que para la formación de una auténtica cultura mexicana, quizá el único camino es seguir aprendiendo de la cultura europea. Para Octavio Paz la disipación de los fantasmas que enmascaran el verdadero ser del mexicano sólo será posible si éste supera su ancestral miedo a ser y se enfrenta a sus fantasmas; esto es, que el mexicano se atreva a ser él mismo.

A pesar de que el mexicano posee un legado prehispánico —que debe florecer y dar lo mejor a la cultura mexicana—, el aspecto determinante de su ser, incluyendo tanto defectos como virtudes, es de raíz hispana. No hay duda de que el español de hoy ya no es perezoso y haragán, como decía Unamuno que era el de su tiempo. Ni el exceso de trajes, ni el considerar deshonroso todo oficio mecánico, ni los linajes, ni el no saber ni querer saber, son hoy lastres que aquejen a los españoles. El resentimiento histórico de la Generación del 98 perdió toda su creativa virulencia con la espantosa Guerra Civil Española. Y después del oscurecimiento tradicionalista del franquismo se hizo impostergable la "europeización" de España.

Pero hay que enfatizar que la cultura mexicana es una antes y otra después del exilio español que vino a vivir a estas tierras: surgieron universidades, centros de investigación y editoriales. De no haber sido por el franquismo, España no habría expulsado a lo mejor de su intelectualidad a América, y más específicamente a México. Afirma el personaje Eugenio:

Si la Conquista fue una borrachera imperial con la sangre del conquistado, el exilio fue un acto de amor que hizo de la dualidad conquistador-conquistado una nueva unidad armoniosa y plena. Si la Conquista fue un triunfo de Tanatos sobre Eros, el exilio es la reivindicación de Eros sobre Tanatos. Si la Conquista fue autoritaria y racista, el exilio es igualitario y democrático. Cierto que el costo histórico del exilio fue elevado, pero no lo había sido menos el del México conquistado. Para México el exilio es el regreso del padre derrotado, pero concientizado; la sustitución del griterío arrogante y cavernario por el silencio agradecido y creativo; es, en definitiva, el mítico regreso de la estirpe quetzalcoátlica que viene a superar cuatro siglos de rencor.

Y Raga, el personaje femenino, afirma que el problema estriba en que muchos demagogos siguen aferrados a un nacionalismo rencoroso y no quieren que la herida cierre para seguir usufructuando de su poder y medrar del rencor en lugar de buscar lo que nos une. Es tiempo de que busquemos metas comunes no solamente como mexicanos y españoles, sino como seres humanos. Si en vez de académicos, empresarios y políticos que viajan de México a España y viceversa, existiera un verdadero intercambio entre la juventud tanto española como mexicana, si se conocieran más, entonces todo esto cambiaría, y España recibiría la impronta vital de Latinoamérica, que tanta falta le hace para no sucumbir ante la fría y deshumanizada tecnologización eurocéntrica.

La tesis realmente innovadora que se plantea en esta trilogía es la del papel determinante de la mujer en el contexto de la mexicanidad escindida: don Ramón está convencido de que es la mujer, la mujer inteligente y voluntarizada, más que el hombre abrumado y desencantado, el agente activo que va a consumar la plenitud solilunar de la existencia hispana:

Para una mujer resignada y doméstica, la sociedad machista es un infierno donde el sufrimiento y lo rutinario desplazan a la gozación y lo festivo. Pero para una mujer inteligente y atractiva la sociedad machista es una bendición: su poder es prácticamente ilimitado. Sin embargo, en su empeño por alcanzar la plena autodeterminación (lo que supondría un revitalizante regreso al matriarcado), la mujer antisumisa se encuentra con un obstáculo que hace que la dinámica determinante se convierta en determinada: la falta de una voluntad disciplinada. Al carecer de una educación volitiva la mujer inteligente llega, pero no permanece; derroca, pero no aporta; promete, pero no cumple. La educación revolicionaria es un imperativo para toda mujer que pretenda autodeterminar su destino. Sin embargo, preocupada más por derrocar la imposición masculina que por su propia aportación, la mujer que revoliciona su existencia suele convertirse en una dinámica indetenible: su poder es su querer, y su querer no tiene límite. Para evitar sucumbir ante esta dinámica absolutizadora, que perpetúa el mal que pretendía erradicar, la mujer inteligente debe evitar que su voluntad se masculinice; esto es, tiene que lograr una autodeterminación equilibrada entre los extremos que delimitan su diversidad: la pulsión hegemónica y la coquetería, la sensualidad y el rigor crítico, la férrea disciplina y la tolerancia libertaria.

Leonardo y Agar, los protagonistas de la historia real que dio vida a esta vivencia utópica, fueron expulsados de su paraíso por oponerse a la privatización del Parque Nacional Huatulco, que ellos mismo ayudaron a fundar en 1998. La casa que construyeron fue derribada injustamente por el gobierno ecocida y desarrollista, y el legado de esa vivencia utópica quedó registrado en la trilogía Entrecruzamientos. El libro El juicio oral más injusto de la historia (2014) lo escribió Da Jandra después de este suceso que estuvo a punto de acabar con sus vidas. En él reflexiona sobre el papel de la justicia y, sobre todo, el despotismo con que se ejerce el poder amparado por la legalidad en un mundo en decadencia: como le sucedió a Cristo hace dos mil años al ser condenado a muerte por la teocracia en turno. A pesar de ello, la consolidación de la utopía es incuestionable; puede cambiar el espacio-tiempo, pero siempre se seguirá anhelando; no es el fin de una búsqueda, pues mientras exista un pedazo de naturaleza plena e incontaminada, la utopía seguirá viva. Como dice Eugenio:

Mas ya no sería la utopía de Platón y Bacon, de Campanella y Moro, de Fourier y Owen, de Marx y Lenin, que sacrificaba la determinación de las partes en aras de un todo invivible, sino la utopía individual, la naturalización plena de lo humano y la humanización plena de lo natural. ¡La utopía como sublimación del individuo y no como aborregante masificación! Schopenhauer había dicho que la felicidad era imposible. Nietzsche había constatado que el guerrero del conocimiento tenía a Tanatos como sombra inseparable; Bakunin le había demostrado a Marx, antes de que la absolutización hegeliana se monstruoficara en Lenin, que en el comunismo la autodeterminación de las partes era imposible. Ahora, a pesar de las amenazas ecocidas sobre Playa Tortuga, estaba convencido de que la utopía era una realidad concreta, que cada quien tenía el imperativo categórico de luchar por encontrarle un lugar a su deseo, que no hacer siquiera el intento era condenarse a ser de por vida un amargado y un resentido. Teníamos que aprender a aceptar el fracaso, pero no sin antes partirnos la madre por lograr la realización utópica de nuestros más vivos deseos.

Como mencioné al principio, la figura de Da Jandra es la de un guerrero en perpetua lucha por buscar la verdad ("aunque sepamos que nunca la vamos a alcanzar"), la utopía y la vida plena a través de una ética que sustente los principios básicos de una existencia encaminada hacia el cosmos. La publicación de sus Diarios, 1999-2012 (2015) nos muestra el duro tránsito que sufrió esta pareja para superar las adversidades y la transformación radical de la razón frente al cosmos: "Definitivamente el ateísmo y el escepticismo son engendros filosóficos de mentes que han vivido de espaldas a las estrellas", dice Da Jandra; o mejor aún: "Creer o no creer: en esta libertad radica la esencia del libre albedrío. Cuanto más cree el hombre, más se ata a Dios; cuanto menos cree, más se ata a sí mismo".

A partir de su expulsión, Da Jandra se mudó a una montaña cerca de la ciudad de Oaxaca, y junto con su nueva vida encontró también un nuevo estilo, una forma diferente de narrar: lo que él llama "filosofía ficción", como lo ejemplifica su novela Distopía. Pero en Filosofía para desencantados, asistimos a una visión alentadora sobre el hombre, el alma, el espíritu y Dios. Da Jandra propone que sustituyamos la teoría de los contrarios ("hegeliano-marxiana") por la de los complementarios: el paso decisivo hacia la cooperación, la solidaridad y la ética para cambiar el rumbo suicida del mundo actual. No apela a la violencia como cambio, sino a la tolerancia y la ética. Y arremete contra lo que él llama la "academiocracia", la "partidocracia", la "sindicocracia", las "teocracias" y las "plutocracias", que parasitan y obstruyen lo verdaderamente importante: la creación de un mundo más amable, menos egoísta y más reflexivo: "Es el intento lo que vale la pena, el empujar con ánimo de rasgar de manera volitiva y permanente la membrana de ignorancia que nos humilla y culpabiliza". Y la filosofía, como impulsora de este intento, "sólo puede asumirse como una sublimación permanente de preguntas y respuestas de cara a mejorar el ser para la vida (no para la muerte), un catalizador inagotable de nuevas experiencias que rebasan las pretensiones interpretativas del lenguaje".

Con su narrativa futurista, Da Jandra propone que la imaginación debe estar abriendo posibles derroteros de comprensión para salir del egocentrismo patológico global. Salir del "yo" para mirar el "nosotros" es ya un paso al sociocentrismo, y éste tiene como meta el cosmocentrismo, vernos como parte de un todo armonioso:

La filosofía cosmocéntrica se regocija ante la posibilidad descubridora de la ciencia; y se autorrealiza al tender un puente clarificador entre la lógica del mundo material y los valores emanados del espíritu. El ser humano, saludable y racional, anhela la armonía y rechaza la conflictividad. Cuando este anhelo no se cumple, surge la discordia que está en la raíz de toda maldad, y entonces es inviable la convivencia moral. Sólo aceptando la complementación sublimadora de la ciencia y la religión por medio de la filosofía, podrá el ser humano dejar atrás para siempre la conflictividad inherente a la autogratificación egocéntrica. Una vez asumida la conciencia moral ya no hay marcha atrás, y la luz sublimadora de la mente termina integrándonos a un cosmos fascinante e infinito.

Haciendo una breve síntesis de la vida y la obra de Leonardo da Jandra, podemos concluir que la lectura de Entrecruzamientos, Filosofía para desencantados y La gramática del tiempo es estimulante para no sucumbir ante libros con teorías unidireccionales, entrópicas y nihilistas que hoy se amontonan en las librerías.

Frases
Helena Beristaín
  • Escritores invitados

Ciudad de México, 1970. Estudió Filosofía en la UNAM. Además de varios artículos y ensayos, está por publicar su primer libro sobre la utopía en el contexto hispanoamericano.

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Fotografía de Helena Beristaín

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